Carta de un demócrata preocupado en el #25S

Más que los manifestantes del 25S me preocupa una democracia que vaya perdiendo la vista y el oído. Apelo a nuestros representantes: bajen de su torre de marfil.

Imagen del Congreso de los Diputados

Desconozco lo que va a pasar. Puedo imaginarlo, sin embargo, ya que los manifestantes han declarado en todo momento tener intenciones pacíficas y únicamente harán uso de la resistencia pasiva. Quizá no sea el análisis más brillante que hayan leído ustedes durante los últimos días, pero les puedo asegurar que ni el más sesudo de los tertulianos puede saber, a ciencia cierta, cómo se va a desarrollar la jornada.

Ello no ha sido óbice para que muchos políticos agiten el fantasma del terrorismo, el golpe de estado del 23-F e incluso los meses previos a la sublevación que inició la Guerra Civil. Su irresponsabilidad, ceguera y falta de confianza en la educación que ellos mismos han diseñado, rediseñado y parcheado me deja patidifuso. Al final, los españoles seguimos siendo inocentes párvulos cuando llega la hora de una discusión política de altura; al menos, eso es lo que piensan muchos de nuestros representantes.

Soy un demócrata. Es el sistema político en el que he nacido, crecido y me han formado. Considero que ninguna otra forma de gobierno puede traer a un país la libertad que trae consigo la democracia, y bajo ningún concepto permitiré que nadie me la arrebate. Pase lo que pase hoy, seguiré yendo a votar en todas las citas electorales; un derecho que notables hombres y mujeres lucharon para ofrecerme. No me lleno la boca ni presumo de ello, pero el sentimiento no decrece por permanecer silente.

Desde hace unos meses, otro adjetivo más comparte piso con el demócrata: el de preocupado. Porque amo la democracia contemplo con gran disgusto la torre de marfil, cada vez más alta, que nuestros representantes se han construido para ignorar al pueblo. Del lugar que antes albergaba grandes palabras ahora llega cinismo y nula capacidad de autocrítica. Les juro que antes me tragaba debates sobre el Estado de la Nación sin pestañear; ahora todo huele demasiado a Neolengua, teleprompter y comunicado.

No piensen que voy a tomar una parte por el todo. A lo largo de mi vida personal y carrera profesional he conocido gente digna que ha dedicado sus esfuerzos a servir a los ciudadanos con dignidad. Bien es cierto que muchas de esas notables personas se quemaron en la hoguera que reserva el statu quo a quienes no ejecutan con gracia el baile, pero hay quienes sigue bailando como si nadie les viera.

Tampoco les diré que la ideología no importa. Porque lo hace, y mucho. No podemos extirpar la ideología a los políticos de la misma forma que no se puede extirpar el alma al ser humano. Forman con ella un todo indivisible, que afecta a nuestro corpus legislativo y a los flujos del dinero público. Como el resto de la sociedad, también tienen sus sensibilidades, cercanías y criterio ético.

Sin embargo, autocrítica e ideología son moneda devaluada, como consecuencia del mensaje contradictorio que se nos lanza desde los puestos de Gobierno. El pueblo elige a sus gobernantes para que asuman la responsabilidad de guiarles, y les contestan que ellos ya no son los guías, que se ven arrastrados por otros. El pueblo se manifiesta, entonces, para exigir un cambio de rumbo, y les contestan que habrán de esperar cuatro años más hasta la próxima cita con la urna abierta y la lista cerrada. El pueblo sufre las medidas de austeridad más terribles de nuestra joven democracia y el Congreso les contesta con un escandaloso dispendio económico. Por último, vallan la sede de la soberanía popular, para protegerla de esa misma soberanía.

Soy un demócrata, y todo eso me preocupa.

Por eso apelo a las fuerzas políticas. A los diputados y diputadas de Congreso y Senado. A los responsables de los distintos gobiernos autonómicos y, en general, a cualquier persona que se halle en situación de abrir una puerta, retirar unas cortinas o subir una persiana. Han de escuchar, han de mejorar. Han de gobernar.

No se alarmen por las marchas, rodeos, excursiones o cualquier otro tipo de canal por el que los ciudadanos expresen su indignación. Nadie quiere ya violencia. Nadie salvo cuatro tarados defiende el derramamiento de sangre como medio para llegar a un fin. Sencillamente, escuchen. Y si entre la melodía de protesta detectan notas lejanas de sentido común, dejen que su música se condense en los salones del Congreso y lloverá democracia, una vez más, para nosotros los siempre sedientos.

Bajen de su torre de marfil. En la plaza se habla de política mucho mejor y además conocen gente. Si se dan prisa, les invitamos nosotros al café.

Foto: Flickr | Jaume d’Urgell

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