La retórica de la democracia

Demóstenes practicando la Oratoria

Demóstenes practicando la Oratoria. Pintura de Jean Lecomte du Nouÿ

Por José Fernández*. Como todo el mundo sabe, el tiempo es una excusa para una conversación surrealista propia de quien rechaza la confidencia. Pero el tiempo también tiene otras connotaciones según la circunstancia inmediata en la que estemos inmersos. En nuestro acervo cultural hay frases afortunadas, por intemporales como Vuelva usted mañana, mañana le abriremos, respondía… o los bellísimos versos de Tomas Segovia: Una vez más el año y yo nos susurramos cosas al oído… Cualquiera de ellas nos sirve para hilvanar un texto que ayude a soportar las intemperancias del presente que serán las mismas que las de mañana, pienso yo mientras el peluquero me redondea la cabeza. Por eso en estos momentos escribir que necesitamos más tener nostalgia del futuro que morriña por el pasado es lo propio para sobrevivir: ya se oye más de lo necesario que con Franco, aquel abuelito según insignes doctores, la realidad actual era impensable. Y no es de extrañar si comparamos los pecados capitales más españoles de siempre. Mientras que ahora el pecado social de moda es la avaricia que sirve para saquear consejos de administración de cajas de ahorro, empresas públicas o instituciones tanto por la plebe socialista como por la turba tradicionalista, como diría Don Pío Baroja, la lujuria era el que estaba mal visto en las altas instancias franquistas quizá porque era más barato para las arcas públicas. Así que compungido, entre sonrisas y lágrimas, -es un decir-, salgo con un fuese y no hubo nada de la peluquería pensando qué pasó en este país cuando tantas esperanzas se truecan por desilusiones tan profundas.

Es entonces cuando el año, como buen compañero, me recuerda al oído aquella frase de Larra que dice Escribir en España es llorar porque, como entonces, que los medios de comunicación y periodistas o los ciudadanos, se desgañiten denunciando lacras, vicios o decisiones arbitrarias de quienes empalabran la realidad para mentir, sirve de poco. Tal vez, incluso, no sirve de nada ni tiene ninguna resonancia ni crean opinión. Aquellos titulares como Asturias paga la desidia de sus gobernantes…Una teoría de la clase política española… especialmente extractiva. La enfermedad institucional de España, Clase turista… Y cientos más que desde añosatrás ven la luz en nuestros medios… ¿Qué fueron si no ejemplos de que en España escribir es sinónimo de llorar? Un ejemplo más de la España de siempre con una democracia a la española, puramente administrativa y formalista en la que gobiernan más los hombres que las leyes, según frase de Lluis Bassets. Es triste pensar que por culpa de la casta política y otras, que enfangaron todo lo que tocaron, nuestra democracia no es una actitud vital, imprescindible para que el buen gobierno no consista en rebanar la dignidad de los ciudadanos. Si lo decimos de otra manera, con frases de un poeta y un pensador, el pasado de esta España nuestra aún no ha revelado las estructuras para el futuro porque la falta de ética abre las puertas de los muros a la desvergüenza: Theirlard de Cardin y A. Gamoneda. Duelen las encuestas cuando dicen que la mayoría de los españoles piensa que este es un país corrupto hasta la médula, sabiendo que la corrupción va más allá del simple ratero que se aprovecha de sus cargos. Es más corrupto quien pone la mentira, la opacidad, la improvisación o la intolerancia social o personal como bases del discurso político pues como dice Martha Nussbaum, la mentira lo corrompe todo.

¿Por qué somos diferentes? ¿Qué nos pasa como pueblo, para que siempre estemos al filo de lo imposible? Hay respuestas, siempre las hay. Más superficiales o más profundas, pero siempre hay respuestas. Tiene que existir una explicación para esta realidad tan pobre y onírica que trae a todos de cabeza, y con la triste impresión de que este invierno nunca dará paso a ese verano que sea una aventura libre de preocupaciones. En primer lugar, como escribe Don G. Marañón en el prólogo al Lazarillo:

La ola pesimista que invadía España donde se engendró fue en el espectáculo de la vida interior del país en el que Lazarillo, después de arrastrar su existencia por todos los arroyos del cinismo, asistía como gran personaje al triunfo del Emperador … porque el triunfo de lo que no es justo produce siempre una impresión depresiva en la sociedad pues a fuerza de inteligencia y cinismo el pícaro gana la partida a las gentes medias, honradas y un tanto estúpidas.

Escrito cuando estaba exiliado, estas palabras escritas para el S.XVI, sirven para nuestros días pues talmente parece que pícaros somos todos en este reino de lo imprevisto y de la improvisación.

Por otra parte, si repasamos un poco nuestra historia e intrahistoria, vemos que siguen sin resolver los problemas de siempre: los nacionalismos, que son el espejo en el que se refleja la debilidad y fragilidad y el vacío ideológico de los partidos nacionales, siguen ahí. El problema religioso brota como lava de volcán cuando menos se espera y sólo callan cuando tienen la boca llena, como dice el profeta Oseas. La educación es un cometa en manos de los ministros de turno y la justicia social produce alergia al beneficio. Es evidente, entonces, que los partidos políticos no resuelven y únicamente usan la terapia de la sanguijuela en beneficio propio, porque, descaradamente, se rigen por las partes irracionales del alma: las pasiones, los apetitos, los sentimientos… cuyo valor ético es más que dudoso. Con los efectos correspondientes para nuestra convivencia como siempre.

Con otras palabras, nos tocan tiempos en los que funciona a la perfección el engranaje descrito por E. Galeano en el poema que se transcribe.

El sistema

Que programa la computadora que alarma al banquero que alerta al embajador que cena con el general que emplaza al presidente que intima al ministro que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al jefe que prepotea al empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mujer que golpea al hijo que patea al perro.

Por eso la vida a los españoles les pesa tanto como aquella ala de abeja a la hormiga que la lleva arrastrando, aunque con optimismo.

*José Fernández es profesor de Lengua Castellana y Literatura.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s