Cabacheros: Tan sólo dignidad

ENTIERRO MOREDA008

Un momento del entierro. Imagen de Pablo Lorenzana.

Llueve. Llueve a raudales en la mañana del sábado 2 de febrero. Llueve y es casi imposible guardar cobijo del chaparrón bajo los paraguas que iban haciendo canaleta entre unos y otros. Al fondo suena una gaita, que con su payuela humedecida, entona la “Internacional”. La procedencia del sonido nos guía hasta el panteón donde se oficia un funeral que llega con setenta y seis años de retraso. Esas personas que encontraban su descaso digno, habían sido asesinadas en noviembre del 37 cuando se dirigían hacia la cárcel de San Marcos, en León, después de haber sido detenidos por los franquistas. A escasos metros de donde lúdicamente los esquiadores encuentran sus placeres de invierno, descansaron durante la dictadura y durante la democracia los restos de 52 personas que finalmente han encontrado el descanso en el cementerio de Moreda, en Aller. Esa fosa, conocida como casi todas por el boca a boca que ni la represión pudo acallar, tiene un nombre propio: Cabacheros.

Imagen de Pablo Lorenzana.

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Palabras de apoyo y ánimo para los familiares de los desaparecidos en el concejo y palabras de unión como las que dedicaba el regidor allerán David Moreno, al señalar que “hoy estamos aquí para honrar, aunar fuerzas y luchar. No se puede dar ni un paso atrás”. La misma idea en la cabeza del presidente de Foro por la Memoria, Javier Moreno, quien aseguró que “el objetivo en estos momentos es poner nombre a todos los que defendieron la libertad y perdieron la vida por ello”. Palabras que llegaron a los asistentes, pero que aún así, no pudieron calmar su pena. Hoy, muchos de ellos estaban enterrando a sus familiares, pero aún se “está buscando la financiación para terminar de cotejar todas las muestras que se han recogido de los desaparecidos con las personas que los están buscando”. Los análisis de ADN para identificar los restos siguen, por tanto, en proceso.

Imagen de Pablo Lorenzana

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Frente al panteón se sitúa ahora Antón Saavedra, ex diputado del Parlamento asturiano. Próximos a él los familiares que hoy entierran a sus seres queridos. Las palabras sobre la muerte trágica de los “olvidados” hace que una señora, de avanzada edad, aguante con firmeza las lágrimas. Saavedra hace un recorrido por la historia al tiempo que aprovecha para denunciar la actuación de un partido socialista “que no hizo nada con los represaliados pese a sus grandes mayorías absolutas”. Habla y las personas que se encuentran para dar un entierro digno a los de Cabacheros escuchan y asienten cuando Saavedra afirma “cuantas veces habremos caminado sobre la tumba de compañeros que fueron asesinados y tirados a una fosa común. Cuantas veces habremos pasado por encima de ellos, sin saberlo, como en La Ponzona de los Verdiales, entre el Pino y Felechosa, donde se calculan más de cien asesinados”.

Imagen de Pablo Lorenzana.

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Así, señala, la primera losa para recuperar a aquellos que perdieron la vida por defender la legitimidad de la república la puso la ley de amnistía del 76. La ley de memoria histórica del 2007 es una segunda losa al consolidar una situación según la cual la búsqueda de la verdad, reparación y justicia hacia las víctimas del franquismo no es tarea de las autoridades ni de sus tribunales de justicia, contraponiendo con ella las propias normativas internacionales de derechos humanos. Una ley por la cual el estado traslada sus responsabilidades y las deposita en las asociaciones de víctimas y familiares, subvencionando algunas actuaciones en tareas de localización y exhumación de restos pero sin asumirlas ni financiarlas directamente”.

Imagen de Pablo Lorenzana

Imagen de Pablo Lorenzana.

Tras el acto suena el himno de la república. Poco a poco los familiares van depositando flores sobre los restos de aquellos que murieron en el 37 y abandonan, lentamente, el lugar. Es un acto emotivo, en el que por grupos van rememorando la larga búsqueda para encontrar los cuerpos de Cabacheros. Recuerdan las primeras excavaciones, los últimos estudios que verificaron que uno de los represaliados era un chicjoven. Hablan de aquella cuchara que apareció junto a una hebilla y algunos botones. Esa cuchara con la que “posiblemente querían alimentarse en la cárcel de San Marcos”, sin saber que nunca iba a llegar allí.  Una pareja me precede en el tránsito hacia la entrada del cementerio, ya de vuelta. “Vaya lluvia perra que fae”, señala ella. “Tan perra como la historia”. Y quedan en silencio, recordando, los setenta y seis años que esperaron una tumba donde honrarles.

Imagen de Pablo Lorenzana.

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