Democracia de la puerta cerrada

Imagen de Pablo Lorenzana.

Imagen de Pablo Lorenzana.

Tenía humor en las venas hasta el pasado viernes. Desde entonces, poco me falta para morir de humores ante toda la ponzoña que arroja, imparable, nuestra casta política. O mejor dicho, una casta de políticos que hasta ayer se pegaban unos banquetes que harían a Nerón sollozar de dicha. El déficit, proclamaban. La austeridad, nos decían. Mientras tanto, ellos engullían.

Pedíamos unas formas mínimas. Comportamientos de puro sentido común que debería mantener todo el que nos gobierne o aspire a hacerlo. En vez de eso, nos conformamos con el que roba tres doblones en lugar de cuatro, mientras le quita la manzana de la boca a nuestros hijos (y cuando no, le cobra la mesa).

Me gustaba la política. Ante la atónita mirada de algunos amigos, que me tomaron sin duda por necio, masoquista o la combinatoria de ambos, era capaz de ver en su totalidad los debates sobre el Estado de la Nación. Cuando en las revistas de humor me aconsejaban dedicar el domingo electoral a otras actividades más edificantes, yo acudía a las urnas. Cuando mi abuela me decía, con la sabiduría del superviviente, que “no hablase de política”, yo le contestaba que era deber de todos hablar de ella.

Ahora las palabras se me secan, cuando no vuelven con el sabor del vómito y la bilis ante la impotencia de ver a unos representantes electos que fallan a su pueblo, día tras día. Un pueblo al que expulsan de sus casas, al que separan de sus familias para irse, con frente y sudor, a otro lugar. Es por nuestro bien; o nosotros, o el caos.

Miro hacia aquellos que deberían encabezar una lucha digna, de moral pública, retórica y servicio al ciudadano. Pero me encuentro con listas blindadas, más escándalos políticos, más ventilador. Me encuentro con reuniones ejecutivas a puerta cerrada, iniciativas legislativas que nunca florecerán en el yermo de la mayoría absoluta, en el abismo de la continuidad eterna, donde los vientos soplan pero no renuevan el aire jamás.

Tal vez debamos buscar en otra parte. En aquellos que claman al abrigo de la calle, mientras caen obleas por obra y gracia de la bula gubernamental. En los que intentan jugar al juego, a pesar de las veces que intentan expulsarles del tablero, novatos esperanzados, militantes hartos, helados y cansados. En ese foro abierto las 24 horas que son las redes sociales, y los blogs antes que ellas. También deberíamos buscar entre los periodistas; los amordazados por lesa independencia, los despedidos en procesos de vergüenza. Los impertinentes que preguntan en Alemania, los pesados que persiguen las pruebas en España.

Necesitamos gente de empatía, amantes de la verdad, enemigos de la bota, alérgicos a la violencia. Tal vez su locura sea nuestra voz; qué digo, nuestro voto. La calma en la tempestad que nos permita navegar hacia la tierra soñada. El pasadizo que nos pueda introducir en la democracia de la puerta cerrada y convertirla en listas y primarias abiertas, reparto más justo, control de favoritos, asesores, dedazos y grupos de presión; condena del sectarismo, expulsión de lo podrido.

Será entonces cuando podamos decir que todo lo anterior fue un espejismo, salvo alguna cosa. Y si me dicen que no veo, que me pierdo en la inocencia, prefiero esa contusión a la de caer desde la cama y aterrizar, una vez más, en medio de la mierda.

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