Contra la necedad política, obstinación periodística

Prensa y revistas

Flickr / Thomas Leuthard

La Sexta Noche es un programa que me gusta una semana sí y otra no. Su presentador y entrevistador, Iñaki López, presenta el programa con calidad variable. Sea como fuere, la entrevista del pasado sábado realizada a Tomás Gómez merece su mérito porque fue una clase magistral de un arte cada vez menos utilizado en el complaciente periodismo patrio: la obstinación.

Una y otra vez, López formuló la pregunta al líder del PSOE madrileño: “¿Por qué Ana Mato debe dimitir sin estar imputada y José Blanco no lo hace estándolo?” El rosario argumental de Gómez fue una gran instantánea del via crucis que atraviesan los partidos políticos mayoritarios, estancados en la penosa conducta de enrocar al amigo y pedir la cabeza del adversario. El doble rasero le hace la peluquería a socialistas y populares, sin olvidar a la troupe tertuliana y mediática que apoya a ambos partidos.

La necedad política es un valor en alza, como la prima de riesgo. Desde líderes cuya definición de apertura y rendición de cuentas es acudir al sillón aterciopelado de invitado deluxe para evangelizar sobre la moderación de salarios, hasta ministras cuyos guardaespaldas agreden a reporteras; sin olvidarnos de los sufridores de las ruedas de prensa del Consejo de Ministros, algunos de los cuales llevan toda la legislatura sin poder preguntar nada a Cristóbal Montoro y Soraya Sáenz de Santamaría, dos figuras políticas que ya deben igualar a todos sus antecesores en los chistes internos de la profesión.

Sólo hay una vacuna contra las ruedas de prensa sin preguntas, las comparecencias en televisores de plasma, las reuniones de ejecutivas nacionales y regionales a puerta cerrada, los empujones, las peinetas, las carreras y las amenazas: la obstinación periodística. Un arte que proviene de cabeza y entrañas, que no deja respirar al interpelado hasta que ha contestado a la pregunta o puesto en evidencia su total desconocimiento -o ignorancia- sobre cómo reaccionar ante la misma.

Han de saber, sin embargo, que el ejercicio de esta técnica viene con su precio. Y no nos referimos al silencio informativo, eso es algo a lo que la profesión ya está más que acostumbrada. Nos referimos a jugar a la contra, a perjudicar, a poner piedras en el camino de seres humanos que sufrirán la ira de los demócratas por haber preguntado lo que no debían. Nos referimos a ser degradados, humillados, despedidos. Nos referimos a ver el rostro que los políticos dejan en sombras con los electores, pero mira a las redacciones con una furia más letal que la de cien huracanes.

Se preguntarán ustedes por qué practicar este ejercicio si los efectos secundarios son tan severos. La respuesta no es compasiva ni fácil: porque es nuestro trabajo. Porque es nuestro deber como profesionales de la información llevar luz allá donde exista oscuridad; cristal donde la opacidad no nos permita ver. El lector es nuestro cliente, ya sea pagando o soportando nuestros anuncios e intersitiales de un kilómetro cuadrado; por él deberemos perseverar, hasta que nuestros representantes interioricen la lección nunca aprendida: obra bien para que hablen bien, se honesto para que te traten con dignidad.

Si no enseñamos a través de obra lo que no se puede aprender por omisión, veremos cómo profesión y conciencia se marchitan. Practiquemos un poco de obstinación antes de que nos pase lo que a la joven de aquel soneto de Góngora y tornemos en tierra, en humo, en polvo, en sombra…

En nada.

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