Democracia en dos tazas

La semana que transcurre está resultando de una gravedad extrema para el prestigio de la alta política española. Si alguno quedara, claro está. A buen seguro que se preguntarán por las razones de tal manifiesto, dado el desastre en el que se ha convertido la labor de comunicación de los partidos mayoritarios, así como del Gobierno presidido por Mariano Rajoy. No pasa un sólo día sin que nos llevemos sorpresas desagradables. Así pues, ¿qué tiene de especial esta semana?

Podríamos comenzar con las fotografías de Alberto Núñez Feijóo luciendo palmito en yate y Andorra -o Picos de Europa, según la segunda línea de investigación- contrabandista y narco mediante. Una entrañable amistad que el presidente de la Xunta se encargó de negar tres veces en una rueda de prensa que no fue emitida por el Canal 24 Horas, valiéndose de su modernísimo servicio +24 para excusar la ausencia de este evento tan relevante en la televisión de miles de españoles. Una brillante utilización de la brecha digital al servicio de la manipulación informativa.

Para colmo, la señal de la rueda de prensa en el PP gallego no incluyó micrófono para que trascendieran las preguntas de los periodistas. Burda estratagema -otra más- para secuestrar el debate ciudadano sobre un asunto que en el resto de Europa le costaría la dimisión al presidente autonómico. Pero estamos en España: crisol donde un altísimo cargo puede haber sido amigo de un narcotraficante y continuar desempeñando su labor como si tal cosa.

Pero no habían terminado los conservadores de alegrarnos la tele con un poco más de salsa. Hoy mismo compareció el Hermano Rajoy una vez más, televisión de plasma mediante, ante un nutrido grupo de periodistas que rindieron tributo a la tradición amanuense. Convidados de piedra, empotrados por los directores de unos medios que se han pasado el hashtag por donde la espalda pierde su santo nombre. Para colmo, acusó impenitente el barbudo pantocrátor a los demás conductores de circular por el lado equivocado en la autopista del ‘España va bien’. También animó a no hacer caso a las críticas, algo tan impropio del líder de una nación que no merece más comentario.

Pero no se vayan todavía, aún hay más. El señor Cañete, famoso por su atención a las mamografías de inmigrantes y el consumo de yogures que ya han terminado la Universidad, ha derogado la fecha de caducidad para los mismos, dejando el consumo preferente a merced de las siempre solidarias empresas de alimentación. No es que afecte demasiado al consumidor de clase alta, que seguirá rastreando la nevera del súper en pos de una fecha muy, muy lejana. Pero será harina de otro costal para los más necesitados, que se hallan en un lugar donde el único número que existe es el coloreado en rojo de la cuenta corriente. Cuando tengamos un problema de salud pública relacionado con lácteos, ya sabemos dónde ir a reclamar.

Afortunadamente podemos contar con el buen hacer de la monarquía, una institución que siempre ha potenciado la Marca España en el extranjero (sobre todo en Suiza). Una lástima que la Infanta Cristina se encuentre ya imputada en el caso Nóos, desprestigiando la intachable labor de un cargo que se reparte por rigurosa herencia. La Fiscalía Anticorrupción ha anunciado su intención de recurrir tal decisión; parece que las instituciones aún funcionan de forma adecuada.

La transición a palos

Pero no se quejen ni protesten, que bastante esfuerzo costó llevar a cabo la transición a la democracia. Florido pensil y camino de rosas que tan solo derramó algunos litros de sangre más. Taza tras taza le han dado al ciudadano cada vez que se planteaba, de forma honesta y pacífica, el precario estado de salud de nuestro régimen constitucional. Peor sería lo de antes; bendita la transición y el fruto de las urnas.

Pero ahora la taza se nos rompe porque la han usado demasiado. Hemos pasado de una democracia real a otra de cartón piedra, dirigida desde organismos supranacionales y butacones que jamás habríamos elegido. Una democracia con trampa, gobernada por partidos sin listas abiertas pero con reuniones a puerta cerrada; por políticos a los que jamás oiremos un “lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir”. Una democracia en la que se añaden infamias a la Constitución sin el consentimiento popular, mientras se violentan o incumplen otros artículos, degradados al nivel de “pura retórica”.

Necesitamos otra taza. Ciudadanos y representantes políticos deben sentarse a la mesa para decidir el nuevo funcionamiento por el que se ha de regir nuestro país. La Constitución debe reformarse en unos puntos, y reforzarse en otros. Los partidos deben abandonar el despotismo ilustrado y abrazar la transparencia interna. Debemos, en definitiva, refundar una democracia para ser algo más que un turno de partidos refrendado cada cuatro años. Solo así conseguiremos salir del abismo en el que nos estamos metiendo.

Y necesitamos, además, que ese proceso de cambio se realice fuera de toda violencia, de toda amenaza, de todo interés o maldad. Necesitamos que el mensaje se transmita alto y claro a quienes pretendan imponernos, otra vez, la tiranía. Tareas titánicas todas ellas, que solo se conseguirán con mujeres y hombres de buena conciencia y altura política. No queremos otra taza de la misma democracia, queremos una más sabrosa, distinta. La nuestra ya pasa por varias quincenas del consumo preferente.

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