Te recuerdo, quince de mayo

La primera manifestación de lo que, después, se conocería como el movimiento de los 'indignados'. Imagen de Pablo Lorenzana

La primera manifestación en Oviedo de lo que, más tarde, se conocería como el movimiento de los ‘indignados’. Imagen de Pablo Lorenzana

La memoria colectiva es cosa líquida, tal vez lúbrica. Tomamos un gran suceso, en cuya huella todavía juegan los niños, le vaciamos la sesera y procedemos a embalsamar hasta que no lo reconoce ni la masa que lo parió. Doctos y burros lanzan su tesis sobre algo incuestionable -un hecho, lo que sucedió- para ascenderlo a los cielos o precipitarlo de cabeza a los infiernos. Al final, la cosa acaba con los de letras haciendo pinitos en Química para poder lidiar con el pestazo a formaldehído en el que acabamos remojando lo que algunos denominan verdad histórica. Por eso no hablaré de grandes revoluciones, ni acontecimientos que dejan huella. Hablaré del quince de mayo que yo recuerdo.

Aquella jornada comenzó, para el que suscribe, una semana antes. Era el clima como ese cartón de leche al que se le han pasado las eras; hinchado por la podredumbre, asfixiado por la rabia de la ciudadanía. En el poder, unos gobernantes que traicionaron al pueblo y a sus bases. En los medios, voceros que llamaban a la efectiva inclinación de cerviz. En la oposición, grandes defensores del turno de partidos, satisfechos por todo el camino que, desde La Moncloa, les estaban abriendo y allanando.

Por suerte, las hormigas trabajaban mientras las cigarras cantaban al clima. Hormigas que  publicaban mensajes en Facebook, avisaban a los medios de comunicación por correo electrónico y enviaban avisos a través de Twitter con una fecha: 15 de mayo de 2011. Una y otra vez repitieron el mensaje. Una y otra vez lo leí por todas partes.

Una y otra vez, los medios se lo tomaron a guasa hasta que la prensa internacional llegó, como suele acontecer, mucho antes. Esa misma noche, leímos a través de Twitter cómo un grupo de valientes acampaba en la Puerta del Sol.

Porque eso eran, acampados. Vanguardia del corazón que paría nuestra era, si me perdona Silvio Rodríguez. Les intentaron expulsar y volvieron; en Barcelona, les arrasaron el campamento y no desistieron. De la simiente que plantaron nacieron grupos de apoyo a toda clase de colectivos y desfavorecidos ciudadanos, héroes locales, asambleas de barrio. Fue el de los indignados un movimiento transversal, a pesar de todos los políticos, tertulianos y -para nuestra vergüenza- periodistas que, desde el armario apolillado, intentaron ignorarlos, censurarlos, silenciarlos.

Jornada de reflexión en la acampada de 2011. Imagen de Pablo Lorenzana

Jornada de reflexión en la acampada de 2011. Imagen de Pablo Lorenzana

Pero ellos persistieron, nos cambiaron. Sacaron la política del cajón y se la llevaron a las plazas de las ciudades, de los pueblos. Curaron parte de un mal que azotaba España, una enfermedad en la que el afectado se decía apolítico. En la que estaba mal visto hablar de “esos temas”. En la que no le dábamos un toque al poder para formularle la más simple de las preguntas: por qué.

Te recuerdo, quince de mayo. Día en el que ganamos madurez democrática. Noche en la que recuperamos una parte de nosotros mismos, largo tiempo olvidada. El tiempo de los pequeños grandes, que en vez palos nos dieron un poco de esperanza. Mucha basura te caerá, antes del formaldehído. Pero cuando todos nos hayamos ido, la historia te recordará, dejando como un mal recuerdo el de aquellos que intentaron silenciarte. Muchas cosas serás, distintas, para tantos. Para mí, una luz que se coló por la rendija y me habló de aquello a lo que mis padres, una vez, llamaron libertad.

Un manifestante en la marcha de Mieres. Imagen de Pablo Lorenzana

Un manifestante en la marcha de Mieres. Imagen de Pablo Lorenzana

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