Javier Negrete: “A veces hay que hacer que tu personaje no consiga lo que quiere”

Javier Negrete. Imagen de Javier Rodríguez Alonso

Javier Negrete. Imagen de Javier Rodríguez Alonso.

Cuando tenía 16 años, Javier Negrete dibujó una primera versión de lo que sería Tramórea, el vasto universo donde tiene lugar una de las sagas de fantasía épica española más conocidas. Autor y profesor de bachillerato en el IES Gabriel y Galán de Plasencia, Negrete pasó por la Semana Negra de Gijón para presentar Roma Invicta, su nuevo ensayo histórico.

¿Cuántas veces ha visitado la Semana Negra?

Es la séptima.

Es usted uno de los ‘históricos’.

No tanto como un histórico pero…

Como Joe Haldeman, que también ha estado en unas cuantas.

Bueno, él es más histórico que yo (risas).

¿Ha notado cambios importantes este año?

No demasiados. Quizá he visto menos gente. No en cuanto a público, sino menos escritores. Quizá haya venido a lo mejor el mismo número, pero menos días. Con lo cual, personas con las que coincidía otras veces, esta vez no las he encontrado.

En Roma Invicta continúa la senda que inició con Roma Victoriosa. ¿A qué tipo de público va destinado este ensayo histórico?

A lectores, en general. Cuando escribo estoy pensando en el libro que me gustaría leer. Los escritores solemos hacer eso, porque la única persona que tenemos delante para consultar somos nosotros mismos. Cuando escribo un libro de historia lo básico para mí es entenderlo. Releo una y otra vez los trozos hasta que me parece que quedan muy claros.

Así que es el profesor el que escribe.

Un poco, sí. Por un lado decimos que escribimos para nosotros, pero somos comunicadores. No queremos hacer cosas abstrusas, que nadie comprenda. Utilizo la misma técnica que cuando doy clase.

¿En qué consiste?

Procuro que cada fragmento de información que doy sea una frase. Cuando escribo, intento algo similar. Hay una cosa que veo en ciertos tratados de historia que no me gusta nada: a lo mejor dan una información interesante, pero tienden a utilizar el verbo ser, sustantivos abstractos, atributos… Una forma de escribir muy poco dinámica. Un libro de historia puede ser como una novela; con nombres concretos y con verbos que indiquen acción. La estructura de toda la vida de Sujeto, verbo, complemento directo: alguien hace algo.

¿Por qué en la cultura popular los romanos tienen peor prensa que, por ejemplo, los griegos?

Qué pasó con los romanos… (Reflexiona durante un breve instante) ¿Eran peores que los griegos, los persas o los fenicios? No; eran más eficaces. Si tenías una ciudad rica, tenías que protegerla. Los romanos demostraron que, sobre todo, eran metódicos. Grecia era una entidad muy dispersa; Roma conquistaba y asumía. A veces se les da el papel de ‘malos’, pero son malos a los que admiramos.

¿Se siente mucha responsabilidad a la hora de escribir sobre personajes históricos? ¿No hay peligro de que la obra se ‘contamine’ a causa de lo anteriormente escrito o filmado?

Debo ser muy osado, pero no me produce mayor miedo. En cuanto a la contaminación… Lo bueno que tiene cuando son temas históricos que se han tratado mucho es que no tienes una sola versión del personaje. Imagínate que solo hubiera una versión de Espartaco, la de Kirk Douglas, y no me la pudiera sacar de la cabeza. En el caso de personajes como Julio César tienes un montón de visiones literarias, de ensayo, de películas… Todo eso se cocina dentro de tu cabeza y sale otra cosa distinta. Es una ventaja.

Así que Elizabeth Taylor tampoco invadió a su Cleopatra en La hija del Nilo

No (sonríe). Como novelista, pienso que los personajes se definen por lo que hacen, más que por lo que dicen. No tengo nada de miedo a la hora de escribir, esto no es como rodar una superproducción, Tenemos presupuesto infinito; puedes hacer imperios galácticos, ¡que es gratis!

Ha escrito usted novela fantástica, de terror, de ciencia ficción y, si no he leído mal, también erótica…

Una novela ‘guarrilla’, sí (risas).

¿Hay géneros que le resulten más complicados que otros?

No pienso por géneros. Eso de los géneros lo tengo que hablar cuando trato con los editores. Pienso en una historia, unos personajes, un relato. Y ese relato tiene un contexto; puede ser el pasado, nuestros días…

O puede ser Tramórea. Una saga que se inicia con La Espada de Fuego, que antes se llamaba La Jauca de la Buena Suerte ¿Qué cosas cambiaron, además del título?

Pues que la escribí otra vez. No la logré publicar, cosa que me frustró. Luego me he alegrado de no haberla publicado. Me pasé 9 meses reescribiéndola.

¿Es duro tener que reescribir?

No me desagrada trabajar cuando ya tengo un material base. Para mí lo más duro es no tener nada. Pero hay una cosa que debo decir: últimamente he publicado en ebook alguna cosilla que ha quedado libre y al releerla le he pasado un poco de ‘lija’…

¿Se refiere usted a La mirada de las furias?

Ahí el cambio fue menos radical. Digamos que me llevó, a lo mejor, diez días. Pero cuando veo cosas que he escrito en el pasado… A veces se me caen un poco los palos del sombrajo. Pero pienso que eso es normal. Creo que será peor el día que mire atrás y no pueda mejorarlo.

En El Espíritu del Mago, continuación de La Espada de Fuego, se nota un aumento de calidad. Cosas que se mencionaban de pasada en la primera obra se explican y detallan muy bien en la segunda.

Lo que en realidad hace que a la gente le guste más es la forma. Aprendí mucho meditando sobre mis propios textos. En La espada de fuego había sido mucho más intuitivo y me fijaba en un nivel más pequeño. En el de la página, digamos. En El espíritu del mago fue más complicado, porque metí muchas tramas. Para que esos juegos malabares no se me fueran de las manos tenía que andar con cuidado. Y ahí busqué ayuda.

¿De qué tipo?

Hice una especie de taller literario por mi cuenta. Un montón de libros con consejos sobre descripciones, diálogos, escenas… me ayudaron mucho.

¿Era consciente de que iba a crear todo un mundo cuando empezó a esbozar La Espada de Fuego?

Bueno, había dibujado ya el mapa. La verdad es que lo hice cuando tenía 16 años; cogí una hoja de papel cuadriculado y empecé a dibujar.

¿Ha cambiado desde entonces?

Sí, ha cambiado un poco, pero básicamente tiene la misma forma. ¿quién no sabe hacer un mapa? Una vez terminado, lo llené de nombres al azar, porque tenía 16 años, y luego ya se me fueron ocurriendo cosas.

Nota: la siguiente respuesta pueden desvelar detalles relativos a la saga de Tramórea.

En ciclo de Tramórea hay elementos de fantasía y ciencia ficción. ¿Dónde está la frontera?

En esa saga, la fantasía y la ciencia ficción dependen del punto de vista. Cuando el punto de vista es de un personaje, llamémoslo, primitivo, lo que ven es fantasía. Por ejemplo: Derguín atraviesa lo que podrían ser las ruinas de una gran ciudad, pero no comprende lo que ve. En la segunda novela sube por una especie de ascensor espacial. Cuando en el tercer libro entra en escena un personaje que ya sabe todo, el lenguaje cambia y se empieza a hablar de genética, de nanomecanismos, porque ya sabe lo que hay.

¿Qué pasa tras publicar cuatro libros ambientados en el mismo mundo? ¿Tiene uno ganas de cambiar o siente tristeza por cerrar la persiana?

Me dio mucha pena. Pena de verdad. Hice una despedida un poco lacrimógena al final: cuando daba los agradecimientos me despedía de mis personajes. Has estado con ellos durante años y miles de páginas.

¿Ha tenido alguna bronca con los ‘fans’?

A veces he tenido que leer algunas tonterías… Pero bueno. Los problemas con los fans muy exagerados suelen ser de gente que quiere siempre lo mismo.

Explíquese.

A mí me gusta Stephen King, que a veces hace unos ‘zurullos’ auténticos; y otras, novelas muy buenas, pero muy distintas. Y eso es lo que quiero. No quiero que escriba una y otra vez El misterio de Salem’s Lot. Pero hay fans, sobre todo en las series de fantasía, que quieren cambios pequeños y que siga siendo lo mismo. Un libro tras otro, quieren el mismo producto.

¿Cuándo comenzó a escribir?

Con diez años escribí mi primera novela. Empecé dibujando cómics, pero era muy lento. Cambié el modo de coger el bolígrafo para hacer letra de imprenta. Escribí una novela de romanos que, calculo, pasada a ordenador debería tener unas 300 páginas.

¿Qué fue de ella?

Está por ahí escondida; haré que la quemen conmigo (risas). Era muy sanguinaria.

¿Cómo se convierte un niño de diez años en escritor?

Siempre me gustó contar historias; quizá tiene que ver con que duermo mal. Sé que a muchos escritores les pasa, duermen a saltos. Yo me dedicaba a completar las películas, lo que veía por la noche. Y luego recordaba los sueños. Digamos que me consideraba narrador. Hay gente que llega a la literatura porque lo que le gusta es manejar el lenguaje. Para mí, el lenguaje es una herramienta.

Esta se la tenía reservada a George R. R. Martin, pero no me puedo resistir. ¿A qué edad mató a su primer personaje?

Cuando escribí aquella novela de romanos, los maté a todos excepto a uno, porque tenía que enterrar a los demás. De niño creía que eso era un marchamo de calidad (risas).

Decía J. K. Rowling que a veces hay que ser un asesino implacable.

Pero no es sólo el asesinato. A veces, hay que hacer que tu personaje no consiga lo que quiere.

Si le preguntase a sus alumnos qué tipo de profesor es Javier Negrete, ¿qué me dirían?

Hombre, si pregunto habrá un poco de todo. El profesor que le quiere caer bien a todo el mundo, pues…

No será usted un ‘hueso’…

No, para nada. Tengo una asignatura difícil, un tanto exótica: Griego. Creo que, en mi caso, el hecho de cumplir el programa me da un poco igual. Yo lo que quiero es que se culturicen. Con una lengua, con una cultura distinta, con su mitología… Que sientan curiosidad por el pasado. Cuando les pongo el primer texto, que es original, les digo “no se si os habéis dado cuenta de que me acabáis de traducir una cosa que se escribió hace 2.500 años”. Es lo que quiero conseguir. En general me llevo bien con ellos. Cuando era más joven fui de viaje de fin de curso unas pocas veces, aunque ya no estoy tan loco (risas).

¿Cree usted que hay un cerco a la Educación Clásica?

La Educación Clásica se ha ido reduciendo desde los primeros planes. Parece mentira lo que estoy diciendo, pero tiene lógica: los campos de conocimiento son muchísimos. Utilizando una fórmula latina: ars longa, vita brevis. Tenemos unas 30 horas a la semana en las que podemos dar clase. Se empeñan en que demos muchas más, porque a veces lo que quieren que los alumnos estén estabulados en clase y también necesitan un tiempo para asimilar sus conocimientos. Para mí lo importante es que sus mentes estén funcionando.

¿Hay menos horas de griego?

Mi situación como profesor de griego es la misma que cuando empecé; llevo 25 años. El latín sí que ha empeorado, porque se daba en Segundo de BUP, era obligatorio para todo el mundo y eso significaba muchas horas para los profesores. Antes éramos tres profesores de Latín y uno de Griego. Ahora está una profesora de latín y estoy yo, de Griego.

Pero la Cultura Clásica desapareció del mapa.

Bueno, no. Está ahí. Sí creo que todo el mundo debería dar una hora o dos en el curso y conocer algo de Cultura Clásica y de lengua latina. Yo creo que podría haber, por ejemplo, una optativa de griego, de dos horas, para los de Ciencias. A los que estudian Biología o Medicina les vendría genial. Les vendría mejor que a mí, sobre todo cuando ves los nombres que se tienen que aprender. Pero lo importante es que se aprendan cosas, que no se pierda el tiempo y que el conocimiento tenga un poco de coherencia.

¿A qué se refiere?

A mí me encanta la historia y observo que en el sistema educativo actual, con la ESO y el Bachillerato se estudia un trozo de historia aquí, otro allá y el resultado final son parches. Como no estudiéis un poco más por vuestra cuenta, al final lo que habrá son una serie de textos deslavazados.

¿Qué suele leer Javier Negrete?

Por desgracia, depende de lo que esté escribiendo,. Y digo por desgracia porque depende del tiempo. Si estoy escribiendo sobre romanos, pues libros sobre romanos, estudios sobre el tema, monografías… Entre medias, depende. Ahora me ha entrado fascinación por la psiquiatría

Así que un escritor de ficción se alimenta de ensayos.

Es que eso se nota también; hay mucha fantasía recocinada. Hay gente que se pone a escribir libros de fantasía porque su influencia es la Dragonlace, ni siquiera Tolkien. Pero Tolkien creó aquello porque era un experto en literatura medieval.

¿Qué tal se lleva con los nuevos formatos?

Muy bien. Tengo el Kindle Paperwhite, que me resulta muy cómodo. De hecho, a veces releo mis propios libros en PDF. A fuerza de escribir muchísimo desarrollé unos dolores y unas tendinitis brutales. Así que lo agarro con con facilidad como lector.

¿Y como escritor?

Como escritor lo veo, en parte como un problema al que no se qué tal nos estamos adaptando todos los elementos que formamos parte del mundo de la literatura. Creo que los primeros que están cayendo, o han caído ya, son los libreros.

¿Qué opina de las descargas?

Que han reducido las ventas de libros en más de la mitad. Lo de este año ha sido terrorífico. También depende del tipo de libro, por supuesto. A mí, por ejemplo, que tengo lectores jóvenes, me piratean de una manera salvaje. Entre la crisis y esto, muchas editoriales empiezan a tener reducciones de plantilla y muchos escritores están… (hace un gesto) Cuando veo las liquidaciones, a ratos me planteo seguir o no.

Pero también está problemas con la disponibilidad. hasta la llegada de Libranda, obras como La espada de fuego o El espíritu del mago no estaban disponibles para su venta en formato electrónico. Tal vez una descarga conduzca a más de una compra. ¿Qué opina de esas ‘zonas grises’?

No te digo que no. Ahora que existen estos formatos la gente y las editoriales tienen que poner de su parte para que estén disponibles las cosas y a unos precios razonables. El libro en papel no es caro. El formato digital sí que tiene que ser más barato, lógicamente.

¿Utiliza las redes sociales?

No suelo utilizar las redes sociales. De hecho, una de las razones por las que soy escritor es que no soy excesivamente sociable (risas). Tengo amigos y todo eso, pero a mí lo que me gusta es encerrarme a leer o escribir.

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