César Mallorquí: “Si yo me llamase Arne Saknussemm, viajaría al centro de la Tierra en zapatillas”

César Mallorquí. Imagen de Javier Rodríguez Alonso

César Mallorquí. Imagen de Javier Rodríguez Alonso

El hijo del que fuera creador del mítico personaje El Coyote se rindió a la tradición familiar. Gracias a esto, César Mallorqií es, a día de hoy, uno de los principales referentes de la novela juvenil española. El que se ha ganó el título de “Abominable hombre de las letras” pasó por la Semana Negra con su novela, La isla de Bowen, como finalista al Premio CelsiusCon el sentido del humor que le caracteriza, defiende “la aventura por la aventura”.

No puedo evitar preguntarle por su padre, ya que el mío propio, devoto fan de El Coyote, me mataría si no lo hiciera. ¿En qué manera influenció en su concepción de la literatura y su forma de escribir?

¿El Coyote o mi padre?

Ambos.

Pues El Coyote fundamentalmente prestándome su nombre, ya que su verdadera personalidad era César de Chavo y por él me llamo César, así que cuidado conmigo. Y sí claro, por supuesto, nací entre libros. Me crié entre libros y, sobre todo, con el constante sonido de máquina de escribir funcionando, que echo de menos ahora que ya no está. Pero sobre todo el que tu padre o alguien cercano a tu familia ejerza un trabajo tan poco normal como es el de escritor, hizo que yo lo viera como normal.

Antes de dedicarse plenamente a la literatura pasó por varios trabajos. ¿Los consideraba medios para llegar a su auténtica vocación o simplemente surgieron por el camino?

Tiene que ver con lo que contaba antes de mi familia; mi padre era escritor, un hermano justo anterior a mí también iba a ser escritor… ¿Y yo también? Resultaba absurdo, qué coñazo de familia. No me lo planteé, pero escribía porque escribir me encantaba. Siempre pensé en dedicarme al periodismo, de hecho empecé muy joven, con diecisiete años, en La Codorniz, y consideraba que el cupo de escritores en mi familia ya estaba completo. Cuando pensé en ser escritor me di cuenta de que se necesita un gran diálogo autocrítico; exigirte más de lo que puedes dar. Y tienes que hacerlo durante un tiempo. Yo no podía hacerlo, y era incapaz de escribir una novela; escribía relatos, cuentos,…pero escribir una novela me era imposible, es algo sumamente difícil.  Así que lo dejé y me dediqué al periodismo, que me decepcionó. Era la época de la dictadura, la represión… Luego me dediqué a la publicidad, que también me decepcionó. La alternativa era salir a la calle a pedir dinero o escribir, así que me rendí a la tradición familiar, me senté conmigo mismo a ver por qué narices no podía escribir una novela. Fue todo el destino.

El hecho de que sus novelas sean fundamentalmente juveniles, ¿podría deberse a que en la batalla interior que todos tenemos entre el niño y el adulto en usted gane más el niño? ¿O tal vez se deba a que es un público más permeable?

Son muchos motivos. Para ser escritor profesional, además de escribir hay que escoger ruta y camino. La literatura juvenil tiene varias ventajas; en primer lugar, los libros permanecen mucho más tiempo en las librerías; mi primera novela, escrita en 1995, sigue en las librerías y eso hace que los libros te vayan produciendo dinero más tiempo. Son libros más cortos y eso favorece porque puedes escribir más.

Otro aspecto es que te da una libertad tremenda, solamente hay algo que no puedo tocar: el sexo. E una de mis novelas terminan muriendo todos; sin embargo, en otra, cuento como el personaje ve por la ventana a su prima duchándose y me dijeron que llegó una madre quejándose de que eso era pornografía.

La literatura juvenil me da la libertad de escribir lo que quiera, cualquier género. En ciencia ficción es muy difícil publicar, pero en literatura juvenil no. Cabe la ciencia ficción, terror, fantasía…. De hecho, la moda actual de la fantasía la ha potenciado la literatura juvenil, con las sagas de El Señor de los Anillos y Harry Potter.

Respecto a lo del niño que hay en mí, considero que el día que ese niño no esté yo habré muerto como escritor. Porque nuestro trabajo consiste en contar mentiras. De hecho voy más allá: el día que muera ese niño, yo habré muerto como persona. Porque una de las cosas que más me gusta en el mundo es que me asombren. Me encanta asombrarme. ¿Por qué leemos ciencia ficción? ¿Por qué leemos fantasía? ¿Por qué leemos en general? Porque nos encanta asombrarnos.

Muchos libros suyos están ambientados en el pasado y presentan referencias históricas que, teniendo en cuenta el público de sus novelas, pueden resultar desconocidas. ¿Tiene algún afán didáctico esa labor?

Yo siempre digo que el día que alguien aprenda algo con mis libros vengan y me lo digan, porque es que algo he hecho mal. Me lo preguntan mucho, si pretendo trasmitir conocimientos o valores. En absoluto. Yo soy narrador y quiero contar historia. No me importa a quién, adulto o joven. Lo que ocurre es que muchas veces la historia que quieres contar queda mejor en el pasado en vez de ahora. Hay historias que quedan mejor en el siglo XIX, otras en el XVIII…  Por ejemplo, mi última novela cuenta la historia del descubrimiento de una isla en el Ártico. Eso hoy día es imposible, se conoce absolutamente todo de la superficie terrestre. Ahora, si esa historia la traslado a 1920, entonces vale.

Respecto a su última novela, La isla de Bowen,  y conectándolo con la cita de Sherlock Holmes “Cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”;  ¿sería esa la máxima que actuó como fuerza motriz durante la escritura de la novela?

No, no creo que sea esa. Es la aventura por la ventura. El viajar, lo desconocido, el misterio. Eso es lo que nos hace humanos y esta es la novela que he escrito en toda mi vida que más he disfrutado. El leitmotiv de esta novela  es una frase de Julio Verne, que para mí contiene la esencia de la aventura; al comienzo de Viaje al centro de la Tierra (recita de memoria):

Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo. — Arne Saknussemm.

¿Cómo me la sé de memoria? Cuando me puse a escribir esta novela, la escribí en un cartelito y lo colgué delante de mí; me dije “quiero reproducir esto”. Por un lado los nombres, ¡cómo mola: “Yocul de Sneffels”! Luego sigues y dice “Scartaris”, que mola todavía más… Es como un mapa del tesoro esta frase. Luego llegas a esa promesa y va el tío y firma “Arne Saknussemm”, si yo me llamo así, viajo al centro de la Tierra en zapatillas. Como una tía que se llama Bárbara, tiene que estar buena.

Respecto a su novela La mansión Dax; para mantener esa tensión hasta el final, ¿ya tiene la historia programada en la cabeza?

Totalmente, sino sería imposible. Toda la novela es un tremendo engaño, parece una cosa y luego es otra. Es importante darle al lector la suficiente información para que siga leyendo pero no tanta como para que se aburra y no sepa lo que va a pasar. Es tan importante lo que se dice como lo que no. En esa novela hay uno de los recursos de los que más orgulloso me siento: cuando el protagonista empieza a hablar el Señor Dax, vas viendo que es un tío encantador, que se porta maravillosamente con él. Y de repente dice: “no entiendo de donde saqué la fuerza necesaria para matarle”. Yo sé que el lector que llegue a ese punto, ya no puede dejar de leer.

¿Qué suele leer César Mallorquí?

Ensayo. Lo cierto es que me he convertido en un pésimo lector. Si hay algo que no me gusta, lo critico. Y si algo me gusta, quiero tomar nota. Así que leo ensayo, que también es capaz de asombrarme.

Aviso: la siguiente pregunta y respuesta pueden contener detalles de la trama de La Mansión Dax.

Por último, y también respecto a La mansión Dax, necesito como lectora ferviente que me diga que Raquel perdonó a Alejo.

No. No puede perdonarle, en la vida. Alejo será un desgraciado toda la vida. Tengo que confesar que cuando la acabé de escribir copié el final de El tercer hombre: un tío que acaba matando a un hijo de puta, pero la mujer a la que él ama está enamorada de ese hijo de puta. Y cuando va a buscarla, ella pasa de largo. Y eso me encanta, no podría haber habido otro final; y si algún día le perdona, seguro que se muere. Lo cierto es que te metes mucho y por eso en mi siguiente novela, Las lágrimas de Shiva, fue todo optimismo. Pero a mí me encanta escribir un final triste.

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