La sangre de los jóvenes

El Rey Minos, gobernante de Creta, exigía un tributo anual a la derrotada ciudad de Atenas. Siete jóvenes y siete doncellas eran destinados al Laberinto, donde una aterradora bestia conocida como el Minotauro los devoraba sin piedad.

En algunas versiones del tlatchtli, el juego sagrado de la pelota practicado por los pueblos precolombinos de Mesoamérica, el equipo perdedor era pasado a cuchillo. Tampoco corría mejor suerte uno de los jóvenes aztecas que eran elegidos para ser sacrificados y desollados como ofrenda a Xipe Tótec.

El agridulce final de Teseo es, tan solo, una nota a pie de página de todas las ficciones y realidades en las que, a través de la historia, nuestros jóvenes han sido asesinados, maltratados o sacrificados conforme a las exigencias más ridículas, para gozo y disfrute del gobernante o religioso de turno y su clase dirigente.

No se dejen engañar por las apariencias; este sangriento ritual sigue practicándose en el muy civilizado occidente del siglo XXI. Somos, no obstante, bestias mejor educadas que aquellas que nos antecedieron; ahora nuestro morbo se contenta con el accidente ocasional y la humillación psicológica, siendo los concursos y debates que pueblan la telerrealidad buenos herederos de esta bárbara costumbre.

Tomen, como ejemplo, lo acontecido en el debate de La Sexta Noche del pasado sábado. Tres estudiantes que se encontraban al borde de la renuncia a su futuro universitario explicaron cómo la compatibilidad del trabajo con el estudio sería gravemente castigada con la reforma de becas que pretende implantar el Ministro de Cultura. Ante sus reivindicaciones -sensatas, sentidas, justas- un consejo de Iznogudes conformado por Alfonso Rojo, Francisco Marhuenda y Edurne Uriarte basculó entre la indiferencia y el rebuzno. Imaginen qué dream team: la señora tertuliana del ministro tertuliano, un director cuyo periódico publicó una esquela en recuerdo de una criminal de guerra nazi y un experto en bufonadas al que se la colaron con un falso texto de Paulo Coelho, en el que un pastor busca la compañía de un camello con aviesas intenciones.

Dejando a un lado la calidad argumental de la la familia Rotenmeyer, es moneda corriente en los últimos tiempos reírse de la gente joven. De sus sueños, filosofía y conductas. Antes eran ‘ninis’ fanáticos del botellón, apalancados en las casas de sus padres hasta la cincuentena (cuan sabia es la pereza, amigos); ahora son extremistas al borde del terrorismo, exaltados y feminazis que turban a la sociedad. Desde el Rey Minos a Cristina Cifuentes, poco han cambiado quienes jalean desde el púlpito mientras el espíritu de la juventud es sumergido en el pantano fecal de nuestra complacencia.

Pero esa juventud es tan obstinada como idealista. La sangre sigue circulando por su cuerpo y no importa cuánta sea derramada; nada podrá parar a quienes, como tantas otras veces, asfaltan con lo imposible la senda que les lleva hacia su realidad futura.

Imagen: Wikipedia

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