Una hoja en negro

Una hoja de árbol

No hagan caso a quienes dicen que el mayor pánico de un escritor es quedarse en blanco. Cierto es que produce gran desazón carecer momentáneamente de ideas con las que llenar una línea, un párrafo, una página. Sin embargo, conlleva una desesperación mucho mayor enfrentarse a una hoja en negro, enfrentarse a un exceso de sentimientos, ideas, intenciones. Mantener el equilibrio mientras la barca de la creatividad navega por las turbulentas aguas de la conciencia.

Al menos 80 personas muertas. El cómputo que, de momento, podemos leer en medios como La Voz de Galicia sobre el accidente de un tren Alvia que se produjo en las cercanías de Santiago de Compostela. No cabe más horror en menos líneas, pero siento que debo escribir. Pienso que debo.

Por lo general, la elaboración de un texto conlleva la elección de una estructura. Para que un artículo -sea este informativo o de opinión- tenga una calidad mínima, debe expresar con claridad una idea, desarrollarla y procurarle un desenlace que no rompa la coherencia del texto. Pero estoy horrorizado y eso no es, precisamente, garantía de coherencia.

Cuando el número de muertos y heridos comenzó a superar el umbral de mi tolerancia pensé en escribir, pero me dolía demasiado. Me dolía por las víctimas y sus familias, sumidas ahora en una oscuridad que arranca el bienestar, la luz y la esperanza. Darles el pésame, o expresar mi solidaridad por esta desgracia sería tan útil como lanzar una gota de agua en medio de una hoguera.

No obstante, todos vertimos, gota a gota, nuestra empatía. Hubo, además, quienes ejecutaron acciones cuya solidaridad podría ser comparada, sin sonrojo alguno, con aquellas que aparecen en los libros de historia. Si buscaban ayer héroes locales, no faltó ninguno: bomberos y enfermeras en huelga que se arremangaban para llenar las Urgencias y estaciones de personal; ciudadanos que arrancaban las vallas para ayudar a las víctimas apresadas en las vías; médicos que trataban el cuerpo y psicólogos que hacían lo propio con el alma; hosteleros que ofrecían cobijo gratuito a los afectados. La magnitud de la ayuda, de los gestos, fue tal, que cualquier bosquejo en palabra escrita de lo que aconteció resulta vacía, ordinaria.

Tal vez en un futuro, cuando el tiempo arrope al llanto, uno de los familiares de las víctimas encuentre este texto. Tal vez ese dolor sordo, ciego, que ahora siente se haya transformado en esa vieja herida, esa punzada con la que aprendemos a vivir tras sufrir una pérdida. Tal vez entienda que no tuve palabras para describir cuánto lo sentía, pero escribí porque pensé y pensé porque sentí. Y no quiero que todo eso se evapore, antes de que esa persona desconocida lea estas palabras y sepa que lo siento.

Por lo general, la elaboración de un texto conlleva la elección de una estructura. Pero el dolor no se basa en el orden, porque es fuego y caos. A veces conviene esperar a que todo enfríe, para fabricar frases y confeccionar párrafos. O tal vez sea mejor escribir cuando todo sigue al rojo vivo, para no olvidar lo que siempre seremos y también fuimos: personas abrazadas en el horror, ayudándose a seguir con vida, ayudando a vivir por aquellas que no pudieron hacerlo.

Lo siento, no quedan más palabras. Lo siento.

Imagen: Flickr | Todd Baker

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