El quebrado filo de la ‘dedocracia’

Un momento de la concentración, esta mañana. Imagen de Pablo Gómez

Imagen de Pablo Gómez

El sistema de concurso-oposición para el nombramiento de cargos en la Función Pública, si bien no es perfecto, es infinitamente menos malo que la libre designación, procedimiento que tiembla con cada vuelco electoral.

Ya hemos hablado en más ocasiones de la tendencia a la endogamia de los partidos, instituciones propensas a desarrollar grave alergias al meritoriaje y la independencia política. Hasta 144 jefes de servicio fueron nombrados por el Gobierno regional en esta legislatura, todos ellos anulados por el Tribunal Superior de Justicia de Asturias en un reciente fallo judicial.

El problema de estos cargos de libre designación radica en la carga de la confianza. Efectivamente, no puede negarse que la fiabilidad y competencia de un servidor público ha de merecer la “esperanza firme que se tiene de alguien o algo”, como dice la RAE. Sin embargo, dicha esperanza no es la del gobernante designado por el pueblo, ha de ser la del pueblo mismo.

Cuando los partidos hablan de amor, quieren decir sexo; cuando hablan de confianza, quieren decir control. Un director o alto cargo similar que accediere al mismo a través de una oposición está sujeto a exigencias, concursos y garantías establecidas por tribunal, referenciadas en boletines oficiales. Ello no presupone la incompetencia o parcialidad del gobernante, más bien una necesaria profilaxis para evitar contagios que mermen la salud de nuestra Administración Pública.

Como ciudadano, deseo que los gobernantes electos cuenten con la mejor asesoría, con cargos fuertes e independientes que puedan prestar el mejor servicio a los gobernados sin sentir el yugo del poder sobre la testa. En un país azotado por la corrupción y la crisis, las formas tornan de cortesía opcional a necesidad perentoria.

Obviamente, la elección del método no es un antídoto total contra la corrupción, como demuestra el comportamiento de algunos funcionarios de carrera que acabaron salpicados -o, directamente, zambullidos- en jugosos escándalos. Sin embargo, solo el concurso entre iguales puede garantizar una defensa razonable contra el quebrado filo de la ‘dedocracia’.

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