Ausencias y fricciones

Javier Fernández, en el Debate de Orientación Política. Imagen de Pablo Gómez

Javier Fernández, en el Debate de Orientación Política. Imagen de Pablo Gómez

La función del discurso político en nuestros tiempos no es muy diferente del buen Colt en un western. El arte de la oratoria parlamentaria es el arte de la guerra para quienes la utilizan, especialmente en los debates sobre el estado de cualquier fragmento de terreno que pueda usted imaginar. En el Debate de Orientación Política, Javier Fernández hizo gala de uno de sus recursos predilectos: gestos de ceremonia de té para freír a tiros -dialécticos, claro- a la oposición. Renegó de mentar la herencia recibida, pero esa fue una afirmación, como mínimo, engañosa: la entrelínea iba bien cargada.

Sin embargo, es error común en el combatiente descuidar la defensa. Cuanto más elaborado es el ataque, más peligro corre el duelista de salir malparado. El fallo se agrava si desbordan las emociones; ya sea tinta o acero, ninguno ha de esgrimirse con enfado. Y tras leer, con gran atención, el discurso del presidente del Principado, el subtexto me dice que es un discurso escrito por o para un hombre enfadado.

El Principado de Asturias pertenece, tras las últimas elecciones Autonómicas, al conjunto de regiones denominadas ‘díscolas’. Este adjetivo tiene doble significado: alude a la porción de tierra no gobernada por el Partido Popular y/o aquella que se alza como un baluarte ante la política impuesta desde Moncloa. Sin embargo y a pesar de dicha denominación, el Gobierno del Principado practica, desde el inicio de su legislatura, una política que, si bien no pudiere calificarse como guante de seda, sí se acerca bastante en calidad de tejido.

Es cierto que hay grandes diferencias en campos como la atención sanitaria, pero no es menos cierto que en otro tipo de políticas se ha buscado minimizar la fricción con el Gobierno Central: una resistencia de baja intensidad cuyos resultados hemos podido ver en la pobre asignación presupuestada para nuestra comunidad autónoma. Ante semejante coyuntura, imposible no enfadarse. Improbable, al menos. Dice Fernández en su discurso:

Mi gobierno se ha esforzado en ser comprensivo con el ejecutivo central. Les recuerdo los reproches que recibí por esa disposición al entendimiento. Incluso dimos por buenos los anuncios de la ministra de Fomento respecto a los plazos de las grandes obras, aunque rectificasen compromisos anteriores o resultasen dudosos. Pese a las críticas, no teníamos ni tenemos intención alguna de cambiar el modelo de relación, porque estamos convencidos de que es más fructífera la cooperación que el enfrentamiento.

Ante el fracaso de la política de apacigüamiento, craso error sería mantener un perfil bajo. No se trata de destrozarse los nudillos contra una mesa, sino de acatar el mandato electoral de un muro en el norte dispuesto a frenar las feroces políticas de austeridad planteadas por un Gobierno conservador que tiene la seguridad de una mayoría absoluta. Mayor contundencia, por ejemplo, se esgrime contra los nacionalismos y el derecho a decidir impulsado por las formaciones políticas catalanas:

La propuesta secesionista catalana tiene como estandarte un lema propagandístico imbatible, la reclamación del derecho a decidir. Como un buen eslogan, no entra en detalles, aunque se adivina el complemento: derecho a decidir la independencia. Bien, yo también apelo a ese derecho. En esta reacción no hay atisbo de emulación infantil, sino de la necesidad de afrontar un pensamiento débil, pusilánime, que considera que los catalanes pueden decidir sobre sí mismos sin tener en cuenta la repercusión sobre nosotros. Mi aversión intelectual a los nacionalismos es conocida. Me molestan las ensoñaciones independentistas, como me inquietan las pretensiones uniformadoras de ese españolismo castizo que rebrota. El derecho a decidir nos incumbe a todos.

Ciertamente, podría verterse más sustancia y menos caldo a la hora de enmendar planas dialécticas al Gobierno central. Anunció el presidente que este sería “un discurso con luces y sombras”. Pero, como todo buen lector de suspense les dirá, hay más cosas que luz o falta de ella. De igual forma, lo no mencionado en un discurso puede resultar, en ocasiones, tan cegador como lo incluído.

Me refiero, naturalmente, a la reforma electoral. Sorprende que una iniciativa capaz de convertir a nuestra región en pionera de un nuevo modelo de organización política y distribución de los votos no mereciere ni una triste mención en el discurso de Javier Fernández, más aún en vista de los tremendos esfuerzos por parte de los grupos políticos de la Cámara por alcanzar un acuerdo en tan espinoso tema. Rutas aéreas y reforma, fantasmas que recorrieron la abadía hasta la última palabra del epílogo. Escasa, también, la presencia del Centro Niemeyer y la comisión de Investigación por la Operación Marea, dos herencias envenenadas del anterior Gobierno socialista y heridas cuya cicatrización parece todavía lejana.

A Javier Fernández le disgusta la mala imagen que, a ojos de los votantes, proyecta la clase política. Es cierto que muchos justos pagan por pecadores, pero no lo es menos que el primer paso para mejorar una imagen es proyectarla mejor. La corrupción es endémica y todos lo sabemos; no ayudarán palabras suaves sino leyes duras y poca tolerancia.

En cuanto a lo prometido, el presidente del Principado debe comprender que los discursos van y vienen, más en estos tiempos y ante la segunda jornada, donde los púgiles se lanzarán a boxear con buen espíritu. Pacto demográfico, mejoras en Bienestar, infraestructuras y acuerdos varios tendrán todo valor una vez materializados. Hasta entonces, las palabras montan guardia. Esperemos que no se las lleve el viento. Y en el caso de reformas especialmente sensibles, como los servicios públicos y el Bienestar, esperemos que no invoquen otro viento peor.

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