Periodistas, mineros y tacones

Manifestación de las 'Mujeres del Carbón' en Madrid. Imagen de Juanjo Conde

Manifestación de las ‘Mujeres del Carbón’ en Madrid. Imagen de Juanjo Conde

Ataviados con botas de seguridad, en las entrañas de la tierra, seis hombres perdieron la vida. A menudo me pregunto si a los tertulianos de la televisión -mudos desde hace semanas- les pagarán por decir sandeces y no por su destreza en la materia. “Tengo entendido que a la mina ya se puede bajar en tacones”, aseguró con vehemencia uno de ellos en la casposa cadena televisiva de Intereconomía. Quizás, en el mejor de los casos haya visitado el Museo de la Minería; en su versión ‘ligth’, porque en su versión completa la rampa deja severas agujetas.

No fue el único que tuvo palabras de este tipo durante la controvertida protesta de los mineros en el verano del 2012. Alfonso Rojo aseguraba que se trataban de “privilegiados”  e incluso se atrevió a ningunear a la representación en el plató de Telecinco de las Mujeres del Carbón.

Hoy callan. Porque los mineros han pasado de ser “privilegiados” a adquirir en la muerte la dignidad. Bien; hagamos una disección de la rana y hablemos de “príncipes” y derechos de sangre. 

Juan y Jorge, -nombres ficticios que corresponden a entidades muy reales- son residentes en la cuenca minera y privilegiados. Ellos consiguieron el trabajo de su vida por derecho de sangre. No se apellidan Borbón, ni corresponde su linaje con el de políticos bien situados, acomodados en su poltrona. El derecho que les fue otorgado por dinastía principesca acaeció tras un accidente en la mina. El turuyu sonó a muertos como sonó en León. Con el privilegio que da la sangre al llegar a la mayoría de edad, pudieron ocupar el puesto de su padre y recorrer las galerías donde perdió la vida. Cuando en el mercado de La Nueva utilizan el Pozu San Luis para emular una accidente minero, sus caras reflejan dolor. Su madre nunca ha ido; pero son, como dicen Soria y los tertulianos, unos privilegiados.

Trabajan en las entrañas de la tierra y cae sobre ellos un halo de romanticismo que no se aprecia en el barro, la humedad y el agua. El mar roba la vida y se apropia del cuerpo; los mineros entran hasta las profundidades de la tierra a rescatar a su compañero a riesgo de la propia vida. Las casas permanecen en silencio, en un silencio doliente que extrapola los pozos y la titularidad de la explotación. En un silencio que se traslada a los primeros días tras la incorporación al tajo.

Las viudas lloran, los hijos quedan sin padre. El resto de las mujeres suspiramos, de forma egoísta, porque está vez no nos ha tocado a nosotras vestir de negro, sentir el repiqueteo de la lápida la cerrarse. Sofocar el llanto. Apretar los dientes. Hace nada que se acostó en la cama tras un turno de doce horas. La mina no entiende de conciliación familiar ni de carreras por el Congreso para irse de puente. En la mente tiene el recuerdo de haber enterrado a un compañero hace menos de dos años.

“Esta vez no fue él, esta vez no fue él”, digo mientras entono la vieja letanía: “puta mina, puta mina, que da trabayu por cachos de vida… “. Nun dexes el pelleyu. Nun quiero ser viuda y tovía nos falten los neños.

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