Presente negro y futuro incierto. ¿Qué hay en las corrientes de pensamiento sobre esta coyuntura?

RuedasNadie puede negar que estemos viviendo una etapa dura, durísima para algunas personas. Esto es un hecho. Lo que no es un hecho porque aún no ha sucedido es qué pasará de aquí a un tiempo. ¿Se arreglará? ¿Nos convertiremos en mano de obra esclava? ¿Despertaremos de un largo letargo y cambiaremos una sociedad que no estaba bien enfocada desde antes de la caída? Una discusión omnipresente en las barras  de los bares, en los salones de las casas y en los paseos por la calle. A través de un análisis básico de los diversos futuribles, se pretende  poner negro sobre blanco y plasmar las principales corrientes de opinión. Todas ellas tienen en común la incertidumbre, aunque no se busca la letanía del suspiro colectivo sino un esquema de las distintas proyecciones que nos aclare cuáles son las opciones que manejamos y cuales serían las consecuencias de cada una de ellas.

La incertidumbre no es exclusiva de los que se han quedado sin un empleo con el que sustentarse, ni de otros tantos millones de personas que temen perderlo. Incluso los que tienen una confianza clara en que su situación laboral es favorable, incluso estos, conviven con la incertidumbre; eso sí, arropada por unos ingresos mensuales y unas cuarenta horas semanales de obligaciones contractuales que les mantienen apartados de estas preocupaciones. Este colectivo cree en la teoría de la rueda dañada, que ofrece una zona neumática positiva y otra negativa. La rueda gira lentamente, dando alternancia a los dos polos, y nos ha tocado rodar con la parte donde la goma está sin dibujo. Es cuestión de espacio para que volvamos a vivir bien adheridos al suelo, sin miedo a derrapes extremos. Eso, además de dar aliento a los que no pueden ni vahar un espejo, les sirve a ellos para mantenerse en su zona de confort cuyo centro está ocupado por la confianza en la mejoría de la coyuntura.

Puede que la teoría de la rueda sea cierta o puede que no. Pongamos que sea cierta. Si lo es, no se trataría de una regla universal, puesto que no se puede aplicar a millones de personas que durante generaciones han vivido su estancia en el mundo entre miseria y violencia. Sólo sería universal si el espacio para disfrutar de una conducción segura es totalmente indefinido y puede enmarcarse en una línea temporal que vaya desde unos pocos años a siglos.

Si los creyentes en la rueda piensan que la velocidad de giro es de unos años, efectivamente, se trata de una teoría excluyente para el resto de la raza humana, desde el punto de vista de una sociedad privilegiada que lo seguirá siendo porque hemos tenido la suerte de montar en un todoterreno mientras que las otras dos terceras partes del globo viajan en un rickshaw. Si se trata de ciclos seculares, esta teoría tan sólo ofrecería sosiego a través de la proyección de ilusiones que vivirían los nietos de quienes ahora rondan la treintena.

¿Qué tienen en común estos dos supuestos de la rueda? Que ofrecen tranquilidad y esperanza a los que, supuestamente, ya la tienen, y a los que quieren creer en la vuelta a un estado anterior porque, sin esa fe ciega, perderían el norte. Claro que estos últimos confían en que los periodos de cambio sean relativamente cortos y, por tanto, exclusivos de sociedades como la nuestra, basada en el poder de producción y consumo de una clase media-baja.

Ahora pensemos que la teoría de la rueda es, simplemente, falsa.  Esta es la posición ideológica de muchos colectivos que no conviven con la incertidumbre, sino que viven en ella. ¿Cómo se plantea el futuro cuando se siente que se ha guillotinado el estilo de vida para el cual han enfocado sus energías? ¿A qué teoría se arriman los que están siendo azotados por el mismo sistema al que creían pertenecer, los que están siendo desahuciados o los que han pasado de una vida obrera relativamente digna a vivir de la caridad?

Algunos, acaban suicidándose. Otros, si no creen en el poder de la rueda y tampoco quieren caer en la dejadez y la amargura, optarán por creer en la lucha revolucionaria violenta como única forma de oposición a la mano negra del mercado. Una lucha en contra de un sistema que ya estaba quebrado antes de la estafa económica. Un combate que sólo podría devenir cuando no haya temor a perder, cuando los que se creían formar parte de la mal llamada clase media no tengan aspiraciones a volver a su estado anterior. Una gran masa rebotada con la conducción social que les ha llevado a la frustración y al desengaño. Para confirmar esta teoría como solución drástica y dolorosa, pero solución, al fin y al cabo, hará falta tiempo. El necesario, como he dicho, para que desaparezcan las aspiraciones individuales de volver al todoterreno (ni siquiera  a sus bajos) y se conviertan en una fuerza de rebelión donde el miedo se transforme en disposición total a la lucha, corriendo el riesgo de ser encarcelado, de morir  o de matar en pos de una causa de justicia social. No sería la primera vez en la historia. Puede que pase o puede que no.

Por último, un tercer escenario claro se monta en la mente de parte de este segundo colectivo, tocado directamente por la incertidumbre.  No hay rueda ni tampoco se dará una lucha de clases. No volverán a su estado anterior ni a uno similar. Los privilegiados lo serán cada vez más y no está en su agenda el buscar el bien de la mayoría, sino en consagrar la sumisión de la población a una estructura piramidal de amplios cimientos y esbeltísimo cuerpo. Estaríamos entonces ante una debacle que deberíamos de asumir para poder reaccionar.

No se puede volver a una situación anterior porque a los intocables no les interesa y, quizá, tampoco conviene al grosso de la población. Una ciudadanía marcada por los valores de éxito profesional, de consumo basado en la creación constante de falsas necesidades, perdida en un marco publicitario que nos aleja de lo que somos para acercarnos a lo que podemos ser. Una proyección constante, agitada, ansiosa, competitiva y, sobre todo, errónea, desde el primer momento en que nos olvidamos de que estamos en este mundo para ser felices.

Nos hemos creído que ser piezas del engranaje del sistema era compatible con la búsqueda de la felicidad. Y puede haber sido así, hasta que nos han dejado de echar aceite. Por tanto, ¿cuál es la salida que plantea esta línea de pensamiento? Primero, la aceptación y, segundo, la confianza en que cambios individuales de conciencia consigan, algún día, cambiar, sino el mundo, al menos parte de él. De ahí esta reciente ola occidental de interés sobre la espiritualidad. Se desconoce el tiempo que hará falta para que la ola rompa en la orilla y disperse su espuma sobre la arena.

Se trataría, pues, de la única teoría que basa su esperanza en la incertidumbre, la misma fuente que les ha puesto patas arriba todas sus proyecciones anteriores. Una ausencia de certeza que se presenta por descarte de las otras opciones (como cualquier conclusión hipotética) y por el convencimiento de que el anterior sistema, aunque ciertamente ventajoso económicamente, ya se encontraba viciado. No es sólo ahora que estamos machacados sino que ya lo estábamos siendo antes. Puede que tengamos que optar por formas de vida alternativas (nada idílicas si se viven como realidad), reducidas, esta vez si, a las necesidades mínimas, pero que den una oportunidad de volver a saber quienes somos sin que nadie nos lo diga; una oportunidad para que nuestros jefes principales sean el ritmo de nuestra respiración, los latidos de nuestro corazón o el olor de nuestro sudor que tanta información nos ofrece y que tanto han querido que ocultemos. Una reorientación hacia la capacidad de maravillarse con lo cotidiano, aburrido según nos han hecho creer. Y, todo ello, contando con que esta realidad económica no podemos transformarla rápidamente. Tan sólo podemos asumirla para ir reaccionando según se nos presenten las dificultades. Una reacción dirigida fundamentalmente hacia el interior que nos llevará a cambios de consumo y de valores que, quizá, no se sabe cuándo, consiga despojarnos de forma generalizada de un revestimiento que rechaza lo que somos para vendernos lo que deberíamos ser. Si así fuera, futuras -puede que lejanas- generaciones vivieran en un mundo más sano. En caso de que estos cambios de conciencia no se extendieran lo suficiente para que la paz interior cogiera el timón económico, al menos, en el intento, se descubrirá un mundo olvidado que no dependerá de algo tan inabarcable como el consenso sobre la estructura socio-económica adecuada para Europa o para las grandes potencias.

La publicidad recoge esta ola y últimamente vemos aumentar el número de anuncios en los que se destaca el valor de “lo natural”, de comprar aquello que ya “somos”. Fijaos en campañas como la de L’Oreal que te dice que te tiñas para poder lucir tu color natural. Incoherencias que no crean más que desasosiego. Para combatirlo sin creer en ninguna teoría de recuperación sólo queda aceptar la incertidumbre y, a pesar de ella, buscar los mecanismos para seguir respirando acompasadamente y sonriendo ante la vida oculta detrás del biombo con el que hemos crecido. Dentro del caos y la neblina, que no se nos olvide respirar, se opte por la teoría que sea.

Imagen: Biblioteca de la Facultad de Ciencias de Derecho y del Trabajo de Sevilla

Anuncios

Un pensamiento en “Presente negro y futuro incierto. ¿Qué hay en las corrientes de pensamiento sobre esta coyuntura?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s