La calle es suya

Protesta

La protesta durante los Premios Príncipe, cercada por el cordón policial. Imagen de Pablo Gómez

Durante una crisis tan grave como la que nos ocupa, la humanidad se enfrenta al peligro de perder la compasión y volverse depredadora de sí misma. Es cierto que la moneda tiene otra cara: movimientos sociales que ofrecen soporte vital a las clases que el Estado va desahuciando, en su carrera hacia un valeroso mundo de austeridad. Sin embargo, debemos estar siempre atentos para censurar, atajar y corregir la crueldad.

Una de ellas ha cobrado forma en la nueva Ley de Seguridad Ciudadana, que será presentada en el próximo Consejo de Ministros. Herido de muerte el pueblo llano, el titular de la cartera de Interior considera que ya es hora de poner fin a esos molestos estertores con los que se resiste. En breve nos cebarán otra cucharada de reformas; para entonces han de tener listas las correas.

Insulte usted a un policía y acabará pidiendo una segunda hipoteca. Concéntrese frente a las instituciones que le representan, sin avisar, y ya puede ir preparando un riñón, las dos orejas y el rabo. Difunda imágenes de antidisturbios cosiendo a palos a un ciudadano y le caerá una multa de 600.000 euros. Si es usted el agredido, rece por que el porrazo que le aticen vaya envuelto en espuma, porque no quedará rastro del mismo y es su palabra contra la de un miembro de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Un ataque al ciudadano, la prensa y la libertad de expresión que a buen seguro será aplaudida por los medios afines, que tendrán la mejor excusa del mundo para hacer caer el velo sobre la sangre derramada en las calles.

¿Acaso es usted manifestante de sofá y tuitero denunciante? Las cosas no le van a ir mejor. Tal y como está redactado el proyecto, compartir o alentar una convocatoria no autorizada puede dejarle la cartera más yerma que una mina de sal. Y si usted pertenece a uno de esos colectivos ecologistas, cuidado con sobrevolar cual pajarraco centrales nucleares en avioneta, parapente o alas de Ícaro, que los sablazos ahora son como Supermán y surcan el cielo con los calzoncillos por fuera.

Ciego en su miedo y desatado en su locura, el poder anteriormente conocido como democracia está apunto de blindarse a los ruidos del mundo exterior. Sorprende que un ministro cuya cartera está destinada a garantizar la seguridad en las calles, gaste tanto papel en asegurar el estallido de las mismas. Aunque, bien pensado, no deben existir tales inquietudes en las urbanizaciones de lujo o pisos alicatados con seguridad privada.

Todo esto no es más que otro engranaje en la rueda de la penitencia que nos retuerce las carnes, mientras el inquisidor nos dice que no hay nada que hacer, que esto es una selva en la que cada cual ha de sobrevivir por su cuenta y los débiles no tienen cabida en ella. Antes las calles se regaban con la sangre de los desheredados. Ahora, también con su dinero; por poco que tengan. El Gobierno ha hablado: la calle es suya.

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