Señoras que compraban en Harrods

Harrods

Me gusta ser mujer. Me gusta sentir los horrorosos dolores, para nada idílicos, que se generan en mi cuerpo en el momento de la ovulación. Asumo que tendré miedo ante el parto; sudaré y, tal vez, grite que me pongan la epidural. Quizás, para entonces, también nos la hayan quitado. Pero aún así, a lo que no estoy dispuesta, bajo ningún concepto, es a parir un hijo que no superare las primeras horas de vida o cuya única vida esté confinada entre las frías paredes de un hospital.  No estoy dispuesta, bajo ningún concepto, a que el señor Gallardón decida cómo, cuándo y bajo qué circunstancias he de parir. Estoy contenta, no se vayan a creer ustedes, porque por primera vez en dos años han respetado el programa por el cual fueron votados.

Teníamos una ley con aborto libre y gratuito. Sin embargo, alguien debió de creer que la ley “obligaba” a abortar. Pasó igual en mi propio círculo familiar, no se vayan a creer, donde la ley del divorcio la tomaron como impositivo legal de obligado cumplimiento contra el que había que luchar; pero que al final, había que cumplir.

Ya he sacado mi fondo de armario, permítanme la chanza. Estoy esperando a ver qué moda importan las niñas de bien de cualquiera que sea el nuevo país fashion donde la libertad de la mujer no esté limitada por la imposición del macho. Y quizás, en este punto, debería decir que no soy mujer pro aborto a modo individual, pero sí que lo soy a modo colectivo. Nadie me ponía antes una pistola en la cabeza para que abortase y nadie me va a contar a mis treinta años las bondades o no de la maternidad. Mis ovarios no son una cuestión de estado.

Quitan ustedes en dependencia, a la vez que me dicen que debo parir una criatura que esté destinada a sufrir. No se cortan, tampoco, en los mecanismos: un informe psicológico de la mujer y un informe del feto realizado por dos médicos diferentes, especialistas en la materia. Todo ello en el único supuesto para abortar, a no ser que seas una mujer violada, que es el “menoscabo importante y duradero para la salud de la mujer”. Y ustedes, señores del gobierno, que son tan inteligentes y tan visionarios, dejan a unos profesionales la adivinación sobre lo que va a acontecer. Ustedes y ellos son los que van a estar con esas madres y padres en cada una de las entradas al hospital, en cada una de las noches en vela, en la hora en la que sus huesos vayan a dar a una tumba con la certeza de saber que dejan a sus hijos en manos de un estado que les obliga a malvivir sin darles mecanismos para la subsistencia.

Dice Rajoy, que habla más bien poco, que esto iba en su programa electoral. “De esto ya hemos hablado”. Y por primera vez es verdad. Retrocedemos así, a bote pronto y sin despeinarnos, a los años de dictadura franquista. De esto, señores, sí que no hemos hablado. De mujeres que, sin tener recursos para sacar adelante a lo que venía, se tiraban por las escaleras para deshacerse del feto; de mujeres que iban a clínicas clandestinas con los pocos ahorros que podían tener y se lo echaban a cara o cruz; de mujeres que eran señaladas por ser madres solteras y repudiadas, mientras el preñador continuaba preñando. De todo esto, y de mucho más no hemos hablado. Porque las minifaldas en aquella época no llegaron con las alemanas de Alfredo Landa y Antonio Ozores, si no bajo las majestuosas bolsas de los almacenes Harrods.

No quisiera yo dar ideas a los gobernantes; pero visto lo visto, de seguro que les pasa por sus mentes que a partir de ahora las mujeres violadas también tendrán que certificar, no sólo con denuncia, que han sido violadas. Recuerdo en estos momentos, con cierto estupor, el caso de una italiana que denunció su violación, dictaminando el juez que al portar vaqueros no podía haber sido violentada ya que el presunto agresor requería de su colaboración “al ser estos ceñidos”. Viendo como está la justicia actualmente, que nos pillen confesadas.

Es esta una ley hecha por hombres y para hombres que legislan sobre el cuerpo de la mujer. Es, además, una ley que el gobierno ensalza mandando a su mesas de debate en la manipulada televisión pública a todo un séquito de hombres, que deciden, hablan y valoran positivamente los estragos en el útero, las bonanzas de la ley y la deshumanización de las mujeres; como si ellos supieran lo que es mestruar, estar preñadas o parir. Porque está claro que después de que algunas hayamos superado la etapa del inculcado pecado religioso, se hace necesario su postulación como delito.

Imagen: Wikipedia

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