Capital y caldo de pollo

Lluvia

Amanecer con ideas, meticulosamente desordenadas. Hoy el tiempo es gris, como los rostros que surcan la plaza del mercado. Cientos de Sísifos cantan precios y realizan transacciones con la piedra a cuestas. “Llega la recuperación”, dicen los políticos de panza llena. Pero, por ahora, sólo veo grises.

En un día como este, el oasis tiene forma de café; la fuente de la eterna juventud, el sabor y la textura de un caldo de pollo. Como aquel vino hecho con Diente de León, cambio de estación con el primer trago y todo tiene un poco más de luz. Pero no es milagro, sino industria; mi felicidad transitoria no es completa, consciente de que alguien, ahí fuera, lidia con la miseria y el frío.

Sea como fuere, poco tarda el invierno en llegar a mi puerta. Cuando mis ojos se posan en un artículo de El Mundo, el verano se me atraganta y expira. Según información de Carlos Segovia, dos integrates de la cúpula de Liberbank cobran 100.000 euros al año, además de la prestación por desempleo y una indemnización por despido. El ERE somos todos, pero Jesús María Alcalde Barrio y María Encarnación Paredes Rodríguez lo son mucho más que otros. Mucho más que quienes ya no cobran prestación por desempleo y tienen que seguir pagando luz; mucho más que las familias con todos sus miembros en paro. Mucho más que los desheredados.

La situación es completamente legal. Tan legal, diría, que raya en la obscenidad. Lo que una vez fue maquinaria bien engrasada ahora ceba a una clase dirigente cada vez más rica mientras expulsa a los desheredados como basura inoperante. La tregua invernal es cosa de privilegiados, no de pobretones.

Mi caldo de pollo yace en la taza, aquejado de hipotermia, atacado por un sistema que entiendo pero no comparto; que condeno y lamento. Desde las mentes afines al poder se dice que el intervencionismo es uno de los peores pecados del Estado. Supongo que se refieren a los pobres; para los ricos, el estado sólo tiene más; cada vez más.

¿Deben los privilegiados desposeerse de sus riquezas, renunciar a sus derechos y abrazar los preceptos de San Francisco de Asís? Supongo que la respuesta se halla en el corazón de cada persona. ¿Debe el Estado priorizar al débil, al hambriento, al desesperado, sobre aquel que todo lo tiene y que todo se puede permitir? Supongo que sólo hay una respuesta. Al menos, con un caldo de pollo delante.

Imagen: Flickr | Jonathan Kos-Read

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