Comisiones de investigación y mandíbulas de cristal

Areces

Vicente Álvarez Areces, durante su comparecencia. Imagen de Pablo Gómez.

La estafa global -anteriormente conocida como crisis- halla, al parecer, una nueva víctima en la profesión de los comediantes. Prueba de ello es la inusitada competencia que, desde muchos colores políticos, amenaza con provocar la ruina del oficio. Para qué pagar por un monólogo elaborado ex profeso cuando podemos tener a un ministro de Economía graznando a calzón quitado contra posaderas ajenas.

No obstante, existe otro tipo de show político destinado a paladares más selectos. Un espectáculo en el que, además, podemos tomarle el pulso al déficit democrático; más saludable que nunca gracias a una clase política reacia a abandonar el pasaje de Primera Clase, mientras los músicos del Titanic interpretan la banda sonora del fin del Estado del Bienestar. Me estoy refiriendo, naturalmente, a las comisiones de investigación.

Tuve mi primer contacto con esta variedad de las artes escénicas tras los atentados del 11-M; momento en el que pudimos observar, para bochorno de todos, cómo una madre que había perdido a su hijo enmendaba la plana a toda la clase política denunciando su comportamiento, más propio de un corral de animadoras que de un grupo con representación parlamentaria.

Conviene aclarar, no obstante, que la diversión no procede tan solo de la parte que interroga. También la interrogada nos puede dar valiosas lecciones del respeto a las reglas del juego democrático y la rendición de cuentas. En ese gran tocomocho que fue Bankia, conviene recordar la actitud de eminencias como Rodrigo Rato y el resto de comparecientes relacionados con la entidad. Con sus palabras y actos, demostraron el gran poder que ostentan los diputados sobre el devenir económico.

No esperaba gran cosa por parte de los comparecientes en la comisión de investigación sobre el Centro Niemeyer. Poco le importa al integrante de un Gobierno ya extinguido todo lo que no salga del mazo de la judicatura. Sin embargo, he de confesar que las palabras de Vicente Álvarez-Areces, senador del Partido Socialista por Asturias y ex presidente del Principado, me causaron una gran desazón como ciudadano, contribuyente y asturiano.

Areces se negó a responder a las preguntas de los diputados que integran la comisión parlamentaria. Cierto es que estaba en su derecho, pero no es menos cierto que supone una gigantesca falta de consideración con el órgano que representa la soberanía popular en Asturias. Estas dos afirmaciones no son excluyentes, e Ignacio Prendes se encargó, ayer, de recordárselo.

Así pues, el tono bronco -casi airado- en el que el ex presidente se dirigió al diputado por el mero hecho de expresar su postura, me provocó el más absoluto estupor. No veo que haber ostentado la Presidencia del Principado o desempeñar el cargo de Senador deba concederle algún privilegio especial respecto a cualquier otro compareciente. Efectivamente, todo el derecho tenía el señor Areces de negarse a responder, así como lo tuvo Prendes para ejercer su legítimo derecho a efectuar una valoración política del gesto. Tras 12 años gobernando Asturias, tal parece que algunos puños siguen siendo de hierro, mientras que las mandíbulas han empeorado la calidad de su cristal.

Puedo entender que alguien con mucho que callar intente, por todos los medios, deslegitimar una comisión de investigación. Lo que no puedo entender es cómo un socialista con abundante experiencia en el juego parlamentario demuestre tan terrible falta de cintura política. Cierto es que llegará la justicia, presta a deshacer este nudo gordiano; pero mientras esos planetas se alinean, no está de más conseguir un poco de información de alguien que dedicó toda su vida al servicio público. Tal vez se dirigiera el señor Areces a la comisión. Pero muchos sentimos, como votantes y ciudadanos, que su arrebato indignado se dirigía, también, hacia nosotros. Esperábamos más.

Areces

Imagen de Pablo Gómez.

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