El Cuento de la Buena Estirpe

Inversiones

Con objeto de articular esta columna, me sometí una vez más al debate sobre el estado de la nación: un instrumento tan necesario como soporífero que utilizan los portavoces del Congreso para demostrar, año tras año, que el arte de la oratoria figura ya en el Panteón de la cosa pública junto a los buenos modales, el juego limpio y los libros de contabilidad sin Abracadabra.

Comprenderán mi sorpresa cuando, sin aviso preliminar, Alfredo Pérez Rubalcaba inauguró con estrambote la ronda de guantazos verbales dirigidos a Mariano Rajoy. Tras la horrenda edición del año pasado, mucho se debió de sorprender el presidente del País de las Maravillas; feliz registrador que se pasa por el hemiciclo para explicarle a millones de parados, infantes desnutridos, familias desahuciadas y demás populacho que vivimos en una tierra de la cual manan exportaciones, leche y miel.

Tras el susto inicial, el presidente empachado de mayoría tuvo que soportar cómo se le aplicaban varias dosis de realidad por parte de todo el arco parlamentario. No le resultó difícil, ya que la configuración actual de la Cámara y una prensa obediente rozando lo servil le aseguran un mandato sin complejos hasta las próximas Elecciones Generales. Sin embargo, hubo un momento en el turno de réplicas contra el jefe de la Oposición en el que su rostro se tornó pálido lienzo, mientras Rubalcaba citaba un artículo escrito por el propio Rajoy en el Faro de Vigo, a fecha 4 de marzo de 1983. Titulado Igualdad humana y modelos de sociedad, contenía, entre otras, la siguiente animalada:

Ya en épocas remotas –existen en este sentido textos del siglo VI antes de Jesucristo- se afirmaba como verdad indiscutible, que la estirpe determina al hombre, tanto en lo físico como en lo psíquico. Y estos conocimientos que el hombre tenía intuitivamente –era un hecho objetivo que los hijos de “buena estirpe”, superaban a los demás- han sido confirmados más adelante por la ciencia: desde que Mendel formulara sus famosas “Leyes” nadie pone ya en tela de juicio que el hombre es esencialmente desigual, no sólo desde el momento del nacimiento sino desde el propio de la fecundación.

No les procuraré el sufrimiento de reproducir el texto en su totalidad. Pueden encontrarlo en todas partes, merced a ese cruel bibliotecario llamado Internet, que no perdona. A través de un apasionado alegato en favor de la desigualdad -sí, han leído bien- Rajoy invitaba a pelear como hienas en una olimpiada cruel y amañada desde sus inicios, ya que los “hijos de buena estirpe” siempre superarían a los demás. Una mezcla perversa entre Los Juegos del Hambre y Arriba y Abajo que provoca escalofríos.

Añade gravedad el hecho de que Rajoy no hiciera nada por replicar, enmendar o disculpar sus propias palabras. La experiencia vital es un grado; y sin duda alguna, el recurso a la locura de la juventud podría haber atenuado sus desagradables palabras. En su lugar, llegó el silencio del que calla; del que otorga.

Contemplando la debacle del Estado del Bienestar, así como la erosión progresiva de la igualdad y la justicia social, la columna escrita por Rajoy es un aviso desde el pasado que demarca mejor que ninguna otra cosa las convicciones de quien preside el presente. Y algo peor: si consideramos que unas palabras tan preocupantes pertenecen a la versión definitiva del texto, cabe preguntarse qué más escondía ese Cuento de la Buena Estirpe. Qué horrores aguardarían en la versión que nunca vio la luz.

Imagen: Flickr | Cammeron Rusell

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