La utopía y el disenso como enemigos del Estado

Imagen de una protesta

La protesta durante los Premios Príncipe, cercada por el cordón policial. Imagen de Pablo Gómez

Han desalojado la Corrala Utopía de Sevilla; un grupo de viviendas habitadas por ciudadanos que ya lo habían perdido todo. Hombres, mujeres, niños y niñas con derecho a una vivienda digna se fueron a la calle. La expulsión fue pacífica, con profusión de buenas maneras por parte de los agentes.  Porque algo hemos mejorado como sociedad si ahora se respeta la etiqueta para mandarte a la calle. Los pisos pertenecían a Ibercaja, que ahora podrá disponer sin problemas de todo ese espacio. Desde organizar gymkanas para ejecutivos, venderlos a fondos buitre o demolerlos para construir más de absolutamente nada, las posibilidades son infinitas.

Mientras tanto, Esther Palomera, adjunta a la dirección de La Razón y una de las pocas presencias más que digeribles en la bancada conservadora de las tertulias televisivas, pagaba sus conatos de libre opinión con un cese fulminante al aroma genovés. Según Eldiario.es, el comité de empresa acusa a la dirección de haber realizado una purga política. Como servir al amo es más importante que los modales, el periódico se apresuró a revocar su acreditación en el Congreso de los Diputados. Parece que Francisco Marhuenda tendrá que estirar un poco más su ubicuidad catódica, para desgracia de los espectadores. En la España de vacas flacas, el enemigo más fiero del periodista es el casero.

Pero no se vayan todavía, aún hay más. Medialab-Prado, un laboratorio ciudadano de producción, investigación y difusión de proyectos culturales, ubicado en el edificio de la Serrería Belga en Madrid, ve peligrar su futuro porque el ayuntamiento más libertario de toda la historia de España quiere cederlo a Telefónica para que monte allí uno de sus proyectos tecno-faraónicos. Si algo funciona, no lo toque; destrúyalo.

Una democracia consolidada tiene por enemigo al enemigo de su pueblo. En una democracia descompuesta, enemigo es quien osa plantar cara al poder y sus sumos sacerdotes. La libertad de opinión es un insulto, el disenso es un crimen y la utopía es una enfermedad  que se trata con cuarentenas y amputaciónes. Una periodista expulsada de un diario conservador parece un precio pequeño por no apagar el puro ni derramar la copa. Ciudadanos sin esperanza y niños en la calle son el manjar favorito del furioso dios de los mercados.

Ayer en la televisión mencionaban “la guerra” que se libra contra los ciudadanos. No estoy de acuerdo; traición, represión y persecución representan mucho mejor los deseos del poder para quien señala con demasiada insistencia o habla con excesiva claridad. Hundidos en el infierno de la miseria, desde la torre de marfil se nos impone un nuevo castigo: callen las voces, muera la utopía. “Llevan tiempo en el pozo negro”, parecen decir nuestros captores. “Ahora abran los ojos, inspiren y dejen de intentar escapar”.

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