Cuando falla el respeto

El coche

El coche fúnebre que porta el féretro de Isabel Carrasco, ayer en León. Imagen de Azahara Sastre

Muerte en la calle. Así encabezaba un periódico juvenil las referencias estadísticas sobre las muertes generadas por terrorismo y otro tipo de ejecuciones públicas. Tras el cese de la actividad armada de ETA, el asesinato de un alto cargo político en plena calle, frío y sin piedad, ha vuelto a remover la psique colectiva, enfrentándonos a nuestros peores demonios.

Tras la reacción general e inicial, que es el más absoluto horror y la consternación, la mente, el alma y el corazón de cada persona derivan hacia parajes que pueden ser similares o muy diferentes entre sí. Hemos visto reacciones furiosas y comentarios horribles en redes sociales, exactamente las mismas que podríamos encontrar en lugares más íntimos en el mundo real. En conversaciones a calzón quitado. En personas cuya brújula moral no ajuste bien sus prioridades. Negar que tales pensamientos existen es poco más que infantil.

Sin embargo, con frecuencia se olvida mencionar que entre el dicho y el hecho no hay una delgada línea; existe todo un precipicio de consecuencias, preceptos morales, convicciones éticas y educación cívica que, por lo general, impiden que la mayor parte de la ciudadanía abrace la oscuridad. Es por ello que no importa el trasfondo en un crimen como el perpetrado contra Isabel Carrasco. Matar está mal. Es un acto que daña de forma irreparable a la víctima y a su familia, pero también destroza el hogar del agresor, y al agresor mismo. Contra un asesinato no hay recurso ni defensa, a la víctima no le asiste el derecho, no dispone de abogado, agente o juez que puedan socorrerla. Matar está mal, por mucho que Hollywood o la historia de la literatura busquen ejemplos de violencia justa. La violencia no es justa, sólo es violencia.

Pero hay algo casi tan peligroso como la violencia: la insensibilidad, que suele ir de la mano de una profunda y arraigada idiotez. Lo peor no es descubrir que este mundo está lleno de idiotas, eso podemos deducirlo sin necesidad de estudiar teología en París o emprender el viaje de Gulliver. Lo peor es descubrir la idiocia en las declaraciones de quienes son nuestros representantes electos. En las palabras, meditadas y revisadas, de un editorial periodístico. En las declaraciones, preparadas y ensayadas, de cualquier listillo catódico. No solo hablamos de idiocia, hablamos también de ignominia, irresponsabilidad y maldad. Sí, han leído bien: maldad.

Disparen contra el ciudadano

Hubo un tiempo en el que la prensa y el periodismo eran profesiones respetadas en este país. O, por lo menos, hubo un tiempo en el que no habíamos de ingerir calderos de mierda a razón de uno la hora, como en aquel chiste sobre el infierno alemán. Pero ese tiempo ya pasó. Ahora, en la prensa tradicional, el lector ha dejado de ser señor y juez mientras que el periodista se ha tornado en siervo del poder. Y el buen siervo hace lo que el amo mande, lo que el dinero disponga.

Podría dedicar las más bellas metáforas para dirigirme a esos periodistas que lo son cada vez menos, a esos tertulianos inconscientes e insensibles, a esos voceros de su amo que se apresuran a criticar el malestar ciudadano hacia la clase política amparándose en un asesinato que, cada vez más, destila motivos personales. La culpa es tuya, parecen decir, por no estar de acuerdo con el saqueo de tus derechos. La culpa es tuya, parecen decir, por reírte de un poder que te aplasta. La culpa es tuya, parecen decir, por luchar por un mundo más justo. Negro sobre blanco y siempre entre líneas, se acusa al ciudadano de haber cargado el arma. Negro sobre blanco, entre líneas siempre, se dice que el asesinato de Isabel Carrasco tiene más culpables que quien apretó el gatillo. Españoles, he aquí vuestra prensa. He aquí el cuarto poder.

Derecho a duelo

Pienso en la familia de Carrasco. Veo la imagen de su hija, rota por el dolor, saliendo de la Catedral de León. La miro y me pregunto si alguna vez tendrá derecho a duelo, si tendrá que someterse todo el mes a debates absurdos, declaraciones vergonzosas, uso político de su tragedia y diatribas de una prensa sin corazón. Una prensa que ahora publica cosas con la misma animosidad que el borracho fiel del bar vocea todas las tardes sin faltar una.

No me gusta que se violente el derecho a duelo. Me asusta la violencia, de cualquier tipo y condición. Me espanta que en este país la prensa no sepa estar a la altura de las circunstancias. Y, por encima de todo, me aterroriza los que hablan del ‘clima’, como si un derramamiento de sangre mereciera figurar en un parte meteorológico. Tengamos, por favor, más cuidado y respeto. De lo contrario, tal vez los siguientes en empuñar las armas sean aquellos que tan largo tiempo han callado y esperado por algún idiota, como esos que leemos todos los días a la hora del desayuno. Mejor no ser idiotas. Mejor no dar pie a la ignominia. Cuando falla el respeto, nada bueno permanece.

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Un pensamiento en “Cuando falla el respeto

  1. Bernaldo: este es el artículo más lúcido, honesto y compasivo que he leído sobre este asunto. Debería copar las portadas de todos los diarios nacionales. Gracias por su extraordinaria sensatez.

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