Antonio Íñiguez Escobar: “Hay que morir de un ataque de vida”

Imagen de Íñiguez Escobar

Considera a Gijón la antesala del paraíso y hace referencia a su familia y amigos con una especie de “todo por ellos y todo para ellos”. Antonio Íñiguez Escobar se estrena con el Diccionario Irónico-Filosófico de máximas y mínimas, repleto de aforismos satíricos y mordaces que abordan todos los temas de la vida; además, también ha publicado La ambición de Norman Roy, tal vez una suerte de novela autobiográfica. Si Gijón es la antesala del paraíso, él es, como mínimo, San Pedro.

¿Qué le impulsó a empezar a escribir aforismos?

Existen poderosísimos motivos:

Son la quintaesencia de la prosa, en tanto en cuanto te obligan a ser conciso y preciso.

Hay que tratar de enganchar, como las ofertas de LIDL, cuyo folleto siempre me leo en el baño, hasta que tengo unas ganas irresistibles de terminar con mi aseo cotidiano y acudir a comprar el chocolate con leche a 0,35 ¡La calidad no es cara!

Sirven para brindar en una frase un pensamiento, un sentimiento, una forma de vida, una forma de ser. Resulta que, al final, en una sola frase, que parece tan sencilla, estás describiendo, definiendo un mundo.

En la sociedad de consumo por antonomasia, ya no se detiene a reflexionar ni Blas. Así que para tratar de acercarse a todo el mundo hay que decir algo directo, que impacte. Pero además, debe de ser muy breve. Y, por último, hacer que no parezca muy profundo y revestirlo de ironía, porque la gente no quiere complicaciones. Por tanto, hay que despistar un poco con una frase que parezca más o menos simpática y luego, ¡zas!, asestar un zarpazo.

Siempre he creído que los maestros del aforismo eran algo así como los poetas de la prosa, en tanto en cuanto su capacidad de síntesis es similar. En ese sentido, si alguna vez escribo alguna sentencia digna de ser tenida en cuenta, eso sólo es gracias al magisterio impagable del más grande constructor de aforismos de todos los tiempos, Nicolás Gómez Dávila. Un genio absoluto.

¿Quién es exactamente Norman Roy y por qué él?

Norman Roy es el tipo más auténtico que he conocido; pero debo reconocer que gran parte de su mérito se debe a Fermion Boson, su auténtico alter ego.

Pero yo creo que tanto el misterio de uno como el del otro personaje deben ir desvelándose con naturalidad y con el tiempo.

Sólo puedo decir con respecto a Norman algo decisivo: la realidad supera a la ficción por goleada.

Norman Roy publica en Facebook. ¿Por qué en esta plataforma?

Están muchos de mis amigos más queridos en Facebook ¡Y yo escribo, sobre todo, además de para comprender y para comprenderme, para honrar a mis amigos y a mi familia! Escribo para ellos. Y me gusta hacerles protagonistas de cuanto escribo, puesto que ellos son los protagonistas de mi vida. Quienes me hacen feliz continuamente.

¿Alguna vez pensaste el alcance que llegaría a tener su humilde proyecto?

Bueno, tampoco tiene tanto alcance. Si es más sencillo: esto se debe a la generosidad inmensa de mis amigos, que me promocionan mucho.

En una de las entrevistas que ha concedido, hace mención a su abuelo y cómo él inculcó en usted la pasión por imaginar y crear. Hábleme un poco más de ello.

Mi abuelo Luis Escobar Bordoy era una especie de humanista, un sabio descomunal. Lo hacía todo con facilidad, y deseaba transmitir esa facilidad a los demás. Redactó unos ‘Apuntes de economía política’, por ejemplo, que reflejan a la perfección cuanto digo.

Pero, por encima de todo, muy por encima, era de una bondad proverbial. En la Guerra Civil Española lo adoraban en los dos bandos -y eso es mucho decir-. Cuando venía a jugar con nosotros en Begoña, se organizaba una verdadera revolución. Era un tipo emocionante.

La verdad es que fui muy afortunado: tuve dos abuelos excepcionales. Porque nunca vi a nadie con la ironía de mi abuelo paterno, Baudilio Íñiguez. Si a mi abuelo Luis le debo mi pasión por la literatura y por la vida, a Baudilio siempre le deberé el poder aplicar la ironía a ambas para desafiar con una sonrisa burlona los desafíos de la existencia.

Siempre hace usted referencia a la pasión que siente por sus padres y por Gijón, sus “tres patrias”. ¿Cuánta influencia de tus padres y su forma de ver el mundo crees que alberga tu Diccionario Irónico-Filosófico? Por otro lado, ¿por qué define Gijón como “la antesala del paraíso”?

Si yo tengo alguna cualidad, algo bueno que ofrecer, algo mínimamente digno de mérito, ese algo tiene y tendrá siempre el sello de mis padres. Mamá tomó el testigo del abuelo, y es la bondad y la inteligencia -que van de la mano- personificadas; mi padre es el tipo más recto e insobornable que he conocido.

Ellos me inculcaron a fuego el amor al prójimo, el perdón, la integridad, el concepto del honor… Yo dejo mucho que desear, y no estoy a la altura de semejantes enseñanzas; pero, desde luego, cuando salí al mundo, no encontré unos códigos tan puros como los que ellos trataron de enseñarme. No encontré jamás manual de vida mejor. Y ese es mi horizonte, lo alcance o no. Cómo no voy a sentir pasión por ellos.

¿Y Gijón? Gijón es comer, beber y vivir. Pérez de Ayala lo llamaba la Andalucía del Norte. Es que hay que verlo para creerlo: la nobleza proverbial de un gijonés aleada con alegría ¡Eso es imbatible!

Hay que recorrer una vez, sólo una vez y nada más, un día soleado y de marea baja, con los pies descalzos, junto a la orilla, la Playa de San Lorenzo; calzarse en la escalera 15, y andar kilómetros y kilómetros hacia la Providencia, hacia el Infanzón, y contemplar Gijón desde allí. Si alguien tiene dudas entonces de que sea la antesala del Paraíso, necesita una entrevista urgente con el cansino de Alain Afflelou.

No me creo que un empresario, abogado, intelectual, escritor y vividor también se considere mediocre… Con sus aforismos, ¿quiere abrirle los ojos al mundo o recordarse a usted mismo que debe mantenerlos abiertos?

No soy mediocre, sino supermediocre. Un caso único. Lo que quiero es tenerlos bien abiertos yo, para no meter la zarpa por enésima vez, que es mi especialidad.

Soy crítico con el mundo que me rodea, pero cuando me miro al espejo me descojono vivo. Eso sí, creo que tenemos un inmenso margen de mejora ambos, el mundo y yo, y me voy a poner manos a la obra ¡ya!

¿De cuál de sus tenaces definiciones se siente más orgulloso? Personalmente, mi favorita: “Cuando los españoles despertaron, España ya no estaba allí”; estoy deseando que se explaye en esto.

Me gustan las que alientan sobre nuestras posibilidades y esperanzas. Aunque no me engañe sobre las duras realidades de la vida, confío plenamente en un mundo mejor. Hay gente excepcional que nos enseña continuamente el camino. Me gustan citas como “El miedo es libre, pero yo más” en la medida en que alertan sobre nuestros temores, pero dan fe de nuestras inmensas posibilidades.

En cuanto a tu favorita, tiene varios filos: uno expresa mi agradecimiento a Augusto Monterroso, maestro hondureño-guatemalteco del relato y de la concisión, y a su microrrelato ‘Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí’; otro, es una forma de darle la vuelta a la cita de Monterroso, como suelo hacer en varios aforismos; por último, es una forma de decir que los españoles aún no han despertado, y que cuando lo hagan, probablemente ya no exista. Pero ‘We can!’, que diría ese alumno aventajado de Zapatero y de Rajoy que es Obama.

En cuanto a su primera novela, La ambición de Norman Roy; hay un gran salto de complejidad, si bien novela y aforismos requieren del mismo ingenio. ¿Por qué se lanzó a este proyecto? ¿Qué es lo que le mueve exactamente a contar esta historia?

Amando de Miguel, maestro y amigo del alma, dice que para escribir hay, simplemente, que hacer dos cosas:

  1. Leer mucho
  2. Tener experiencias

A mí, por encima de todo, lo que me gusta es vivir. No voy a ser nunca el tipo de ‘escritor en su rincón’ que abunda. Voy a vivir, que es lo que importa.

Pero, de alguna manera, no puedo resistirme a contar mis vivencias por dos motivos: porque las he vivido con amigos y personas que he querido mucho, o con otros seres vivos menos agradables a quienes agradezco que me mantengan alerta y en forma. Con amigos a quienes quiero homenajear inmortalizándoles, por modestas que sean mis letras.

Y, en segundo lugar, porque al contar una historia, no cabe duda: la estoy volviendo a vivir. Y eso es una gozada: aunque tenga sus complicaciones, esa historia ha supuesto recorrer un camino repleto de emociones. ¡Hay que morir de un ataque de vida!

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