Democracia sin consecuencias

Si algo nos ha demostrado la coronación de Felipe de Borbón, es que estamos muy lejos ya de esa democracia defectuosa que tanto niegan quienes ostentan el poder. La evidente falta de libertad de prensa y la vergonzosa actuación de algunos integrantes de las fuerzas del orden el pasado día 19 anuncia la llegada del siguiente paso en la escala de gravedad: una democracia sin consecuencias.

Veo a tertulianos de todo pelaje rasgarse la camisa cuando un grupo de policías impide a una ciudadana el libre tránsito por una calle a causa de la insignia republicana que lleva puesta. Todos coinciden en el espantoso ridículo y la flagrante violación de los derechos constitucionales que ello supone. Pero no hay consecuencias.

Escucho testimonios que hablan de policías llamando a la puerta de domicilios privados para conminar a sus dueños a retirar banderas de sus ventanas. Para colmo, escucho también a la delegada del Gobierno en Madrid excusar su actitud y comentar, en el colmo del descaro, que fue idea de los propios policías. Pero no hay consecuencias.

Habrá, supongo, quien se consuele pensando que todavía nos queda el derecho a voto cada cuatro años con un sistema defectuoso para el reparto de escaños. Que los hechos arriba descritos, a pesar de ser vergonzosos, no se volverán a repetir. Yo creo que no es suficiente, que el daño ya está hecho, que una sola violación de los derechos constitucionales ya es exceso en una democracia sana.

Ante un dislate de esta magnitud no cabe el encogimiento de hombros. Cualquier respuesta por parte de las autoridades que no se oriente en pos de la justicia y la reparación constituirá la prueba de que vivimos en una democracia sin consecuencias. Y como todos sabemos, pero resulta incómodo recordar, la línea entre un régimen autoritario y una democracia sin consecuencias puede llegar a ser muy fina; bien podríamos estar a punto de cruzarla.

De los que nos gobiernan depende que la libertad no se convierta en semántica interesada. De lo contrario, puede que un día nos preguntemos cuándo se transformó una petición amable en la patada en la puerta que conocieron tan bien nuestros padres y abuelos. Tendremos, eso sí, tiempo de sobra para rasgarnos las vestiduras en la intimidad del calabozo.

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