Una ración de amplias mayorías

Votación

Una mujer vota en Lugones. Imagen de Pablo Gómez

Entre las novedades que ha traído la última mayoría absoluta del partido Popular en el Congreso de los Diputados, podríamos incluir un método novedoso, vanguardista y radical de hacer las cosas: el descaro en la tarea de gobierno como efectiva herramienta para descalabro del rival político.

Imagino que los socialistas asturianos deben contemplar la propuesta del PP para la elección directa de alcaldes con cierta estupefacción. Recordemos que, en octubre de 2013, el PSOE dio marcha atrás en la Junta General del Principado a una proposición de ley que supondría la reforma del sistema electoral autonómico, que había sido elaborada por Izquierda Unida, UPyD y los propios socialistas. Se esfumó, de este modo, un cambio que podría haber sido pionero en toda España, y más cercano a un reparto justo de los votos en las Elecciones Autonómicas.

¿Mezclo churras con merinas? No tan rápido. Si finalmente se lleva a cabo una reforma para cambiar las alcaldías, no cabe duda de que Mariano Rajoy habrá jugado mucho mejor que Javier Fernández al “mayor consenso posible”. A fin de cuentas, ¿quién necesita consenso cuando tiene rodillo con el que atizar? Marchando otra ración de pacto del 78; una dura lección que a la parte débil del turno de partidos le cuesta digerir cada vez más. La política de apaciguamiento sigue haciendo aguas.

Pero volviendo a los conservadores, el gran daño de esta reforma en los gobiernos municipales no se halla tanto en su contenido como en su propósito: blindar la mayor cantidad de consistorios posibles para la derecha ante el surgimiento de nuevas formaciones y posibles alianzas en la izquierda. Aún si el Partido Popular perdiese los próximos comicios generales, muchos alcaldes verían garantizado el calor del sillón merced a una mesa de juego trucada. No diga regeneración política, diga cambiar las reglas hasta que sea el árbitro quien gane el partido.

Imagino que, cuando los políticos celebran la gran fiesta de la democracia, se refieren a esa en la que devoran como posesos y luego nos pasan a nosotros la factura. Ante comportamientos cada vez más descarados, cabe preguntarse si el tiro no le saldrá por la culata al registrador de Santa Pola, cuando millones de votantes cabreados vayan al colegio electoral sin antidisturbios que se lo impidan.

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