Tigres en el ocaso

La caída en desgracia de uno de los iconos de la minería asturiana es directamente proporcional al temor entre quienes, hasta hace poco, eran colaboradores, seguidores o ahijados políticos de José Angel Fernández Villa. Las lealtades arden en la pira política con la rapidez de la hojarasca.

No insultaré su inteligencia hablando de “sorpresa” o “estupor”. Tal vez hubiera poca prueba, pero mucho instinto. Debido al espectacular tamaño de la alfombra, fueron muchos los que especularon sobre el abismo que se hallaba debajo. Ahora, el abismo devuelve la mirada a una región que para en todas las estaciones del via crucis de Rodiezmo. Puño en alto, el inmortal referente de la lucha minera entonaba la Internacional y clamaba contra los desatinos de Victorino Alonso. Los humanos de a pie se conformaban con intentar criticar la gestión de una persona como Villa sin aterrizar de cabeza en tierra hostil o en soportar la bronca del siglo. Tuvo que venir la prensa nacional a sacarnos los colores.

Sindicato y partido tomaron la única dirección posible una vez destapado el escándalo: reacción inmediata y expulsión. Sea lógica, prudencia o el intenso afán por salvar los muebles, no podemos sino alegrarnos de que, por una vez, impere el sentido común en la clase política. Sin obviar, claro está, la profunda hipocresía de algunos de sus rivales, con tal nivel de impune corrupción dentro de sus filas que su entereza roza el milagro Mariano.

Por los mineros

Un escándalo es una bomba. Su onda expansiva daña, a veces de forma irreparable, todo cuanto toca. Ahora aprovecharán buitres y demás fans de la carroña para atizar el fuego contra los mineros, que llevan décadas jugándose la vida y escupiendo carbón mientras otros cavaban en moqueta.

Al pozo seguirán bajando, mientras hablan los tertulianos y opinadores profesionales. Allá seguirán bajando, mientras patronos tiranos abren y cierran minas a placer para presionar al Gobierno central. Mientras son utilizados como arma en la discusión política. Mientras contemplan como sus defensores se van de cañas con la amnistía fiscal de Montoro.

Cabe desear que salga algo bueno de este escándalo. Por ejemplo, el final del espeso velo de silencio que, como la niebla que a veces se asienta en el aeropuerto, impidió que se asentara la rendición de cuentas, proceso fundamental para cualquier país que funcione bajo democracia.

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