Defender la transgresión

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Imagen: Wikipedia

No me tengo por el mayor detractor de lo políticamente correcto. Con frecuencia, suelo defender que incluso en la más bella destrucción de los valores hay líneas que no siempre conviene cruzar.

Sin embargo, no me pude sustraer del pensamiento que, como un ladrón en la noche, me asaltó ante la noticia de la detención de un par de titiriteros que estaban desarrollando un espectáculo para adultos. “Esto ya lo he visto antes”, pensé. Tenía razón; 15 años de consunción conspicua de material televisivo, literario y cinematográfico sobre la distopía me habían preparado para encajar el caso. Aun así, por primera vez, tuve miedo.

Miedo por una actuación desmedida. Por unos argumentos para el encarcelamiento que rozan lo siniestro. Por unos periodistas a los que, a veces, la valentía solo se les supone. Por otros periodistas cuya valentía se esconde en los faldones bajo los que se cobijan. ¿Cuántas monedas vale el alma de quien rebusca en esta historia para remover más cieno? Asisto con estupor a la creación de un nuevo delito: el maleante intelectual.

Fue la biógrafa de Voltaire, Evelyn Beatrice Hall, y no el propio ilustrado, quien escribió la línea que pasaría a la historia: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. El argumento, aunque hermoso, no siempre es fácil. Defender la transgesión no es asunto de cobardes y débiles de espíritu. En ocasiones, me pregunto cuántas veces habré escrito yo su antítesis.

Sea como fuere,  me duele en lo más profundo asistir al encarcelamiento de unos comediantes. Y me duele porque, por primera vez en muchos años, he vuelto a sentir el toque gélido del miedo. Que España despierte antes de sumirse en la pesadilla.

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Elegía en Bataclan

Por José Fernández // Para Alberto González Garrido y cientos más

Todos los colores, al amanecer, eran palabras y silencio
de brisas y cantos de hojas en el bosque de Boulogne: su amanecer.
Los cinco continentes, con sus desiertos y arenas y dátiles
de cielo y luz y hambres de amor eran Asta Diakite y Felipe con Nohemí
y sus verdugos de metal, hermanos de mi sangre, juguetes de la ira
cuando la lluvia y la noche los hacían juntos y parejos
como tantos, con sus manos entrelazadas en la vida y los  viajes y sueños
sin cristales rotos en su corazón: hasta la muerte, Nick y Bataclan, con nombre de
brasserie y XI Distrito de Paris, eran sombras de alegría y tiempo y amor,
los escuderos del cansancio y del mañana sin rencor, la esperanza y sus juveniles servidores
sin la memoria del Hebdo y su crucifixión.

Fue entonces la muerte y el hombre y su identidad: la máscara
de la crueldad y sus carnes vírgenes por alimento principal, la picadura
de retina entre los dientes para masticar y un aliño de mariposa, el
nombre de Alá para digerir
el horror. Nos sabemos así y lo queremos; nos hacemos
de dios y sus profecías con el fuego de la nada, la consunción vacía
de nombres que son y serán, por ellos,  mayúsculas en mi corazón:
Djamila Houd y Michelle
con Guillaume y Mathieu con Thierry y cientos más,
conmigo vais, mi corazón os lleva cuando soplan vientos de otoño
teñidos de rojo y negro y almas y angustias blancas por conoceros.

Ciudad del carbón

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Ciudad del Carbón, por Sonia Díaz Polonio

Texto de José Fernández // En el recuerdo, el carbón era el color del pasado que teñía de negro los paisajes de su infancia; en el carbón busca los nutrientes para alimentar su alma con raíces que se escabullen, en el silencio y la distancia, por las galerías. Aquellas galerías que eran ansias de vida y miedos de muerte, nubes de polvo con nombres sin apellidos y blasfemias. En aquellas galerías, el tiempo era tela de araña con hambre de aire que rompe el corazón y los caminos de la sangre en los pulmones: la silicosis.

Con Ciudad del carbón, hacemos de memoria, un evangelio: en aquel tiempo, si la tierra bramaba, los espasmos del dolor por la ira eyaculaban rostros de resignación y angustia que sellaban la miseria a las almas que pululaban sus calles. Y siempre lo mismo en la historia que se repite y se hace con sangre: a contraluz, colores sencillos para tantas tragedias: Ciudad del carbón y sus galerías.

Mongolia: de la revista satírica al musical iconoclasta

Cartel Mongolia Cargado de humor e irreverencia, Mongolia, el musical llegó el pasado Sábado, 11 de Abril, al teatro de La Laboral en Gijón.

No esperen un musical; tampoco una obra de teatro, un monólogo humorístico, mímica… En su lugar, espérenlo todo. Sobre todo, vayan preparados para escandalizarse, para que revisen hasta donde llega su sentido del humor y pasa saber si de todo en la vida podemos reírnos. Para una servidora, la respuesta es sí. Al menos ellos pueden; porque saben hacerlo.

Defienden este espectáculo dos actores principales, Darío Adanti y Eduardo Galán; además de la participación esporádica de Eduardo Bravo. Apoyados todos por un excelente material audiovisual: vídeos, imágenes y canciones tan absurdas como hilarantes.

Cabe destacar la palpitante complicidad entre los dos protagonistas, que logran alternar de forma muy dinámica un personaje desvergonzado hasta el límite y otro que, si bien más recatado y con mejores formas, también tuvo críticas para todo y para todos. Fueron notables las incursiones de Eduardo Bravo, ukelele en mano, regalándonos canciones críticas y humorísticas que aportaron el descanso y la variedad que la intensidad del espectáculo requiere.

Siempre es de agradecer la cercanía con el público, notar sobre las tablas un deseo de conexión, que en esta ocasión se da con creces. Conexión que perfecciona un guión espontáneo y sostenido; una sátira del drama que más ha dado de sí para la comedia en los últimos años: la situación política y económica en España.

No hubo piedad alguna para los políticos nacionales, ni para la casa real. Tampoco hablando de religión, sexo y problemas económicos han tenido estos juglares el más mínimo tacto. Ni falta que ha hecho.

Sabíamos a lo que veníamos. Un divertimento muy recomendable si comulgan con su visión política y social, si no son ustedes de los que se ofenden o escandalizan. No apto para el público edulcorado; como ellos mismos dicen, pensado para “pijoprogres”.

Elecciones: el infierno espera

contenedores

Quedan pocas semanas para las Elecciones en Andalucía. Las Municipales y Autonómicas están a la vuelta de la esquina. Mientras la maquinaria de los partidos da lustre al contenido de su armería, los periodistas almacenan víveres en la ciudadela.

El asedio dará comienzo en breve y será feroz. En unos comicios en los que la sorpresa está a la vuelta de la esquina y cada voto cuenta, los medios tradicionales serán exprimidos por el poder político y económico hasta que la última gota de sudor del plumilla de turno humedezca la arena del Coliseo.

Fluirán los ríos de publicidad institucional, de anuncios para la campaña. Habrá guiños, piropos y caramelos para el genuflexo; rabia y castigo para el sublevado. Escuchen, lectores, la humilde palabra de quien clama desde la atalaya digital: sean críticos, cautos. Busquen siempre cinco pies al gato o serán asimilados.

Preparar una vacuna para la avalancha que se cierne sobre nosotros requeriría varios tratados de política, ética, comunicación y deontología. No obstante, podemos dejar trazos de lo que sería un buen manual de supervivencia para el lector y también para el periodista, confeccionado a base de mi propio botiquín para emergencias. Si quiere usted sobrevivir a la noche, tome nota.

Negacionismo y partidos emergentes

La principal señal que caracteriza al poder emergente es el miedo que suscita en el imperante. En España, el miedo casa con la omisión. Si escucha usted al opinador de turno presumir de que algo “no existe”, tenga muy claro que ese ‘algo’ tiene opciones. Hasta pocos minutos antes de ganar en las urnas, Foro Asturias “no existía”. Tampoco el 15M, hasta que el New York Times dio con él en las narices a los diarios españoles e hicimos el ridículo internacional. Primer consejo: mantenga el oído pegado al asfalto, no a la puerta del despacho.

Gracias a Grecia, cuna de la democracia, esos tiempos parecen estar cambiando. Sin embargo, ahí sigue la cocina de encuestas lanzando pronósticos con la fiabilidad de una cabra precolombina. Segundo consejo: acuérdese de lo fiables que fueron las predicciones sobre las Europeas cuando lleguen los sondeos.

La campaña viviente

Con el fin de la precampaña y la llegada de la campaña, todo irá a peor. Los discursos políticos, prefabricados y empaquetados para su publicación y reimpresión, invadirán periódicos, radios e infestarán su televisor. Merced a nuestra Ley Electoral, todos los informativos del país quedarán en manos de los partidos. Aún cuando alguno pretendiese actuar de modo díscolo, cualquier recorte ingenioso de un mitin será en vano, ya que en casi todos ellos la única señal de vídeo que se recoge es la institucional. Los asesores de comunicación de cada candidato tienen cubierta cada salida. Tercer consejo: huya del pronunciamiento, busque en el programa, pero siempre con la mirada del escéptico.

Jornada de indignación

Pero eso no es todo. Antes de la votación llegará la jornada de reflexión, que es ese día en el que todos los partidos hacen campaña intentando que no se les note, colándole candidatos hasta en la sopa. Les verá usted paseando al perro, mirando al mar, leyendo. Mejor no proteste ese día, que al otro es la fiesta de la democracia y hay poltronas durmiendo. Échese unas risas con cada programa electoral y decida qué mentira casa más con sus valores.

Me queda el cuarto consejo, que sin duda es el más insurrecto y osado de todos: vaya a votar. Que no, que no era un chiste; se lo digo de verdad. No se quede durmiendo. Vote, a pesar de que los políticos les digan que deben hacerlo. Vote, para honrar a quienes derramaron sangre para que ustedes puedan hacerlo. Nada les gustaría a los de las poltronas que les echaran cola a su ídem. Coloque el dedo medio en la clásica formación Aznar-Bárcenas, pliégelo varias veces hasta que tenga la forma de la papeleta electoral que más le agrade e introdúzcalo en la urna. Luego vuelva a casa o a la redacción. póngase las zapatillas u observe la señal en directo que llega a través de las pantallas. Quede con sus amigos en Twitter o en la tasca y contemple, como un ciudadano más, el mundo que, como decían en V de Vendetta, tocará a su fin esa noche.

Imagen editada a partir de: Flickr | Joan Sorolla

No entregaré mi libertad a los terroristas

Cámaras

Se garantiza el secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas, salvo resolución judicial.

– Constitución Española

Si las empresas ya nos vigilan en la red, ¿por qué no puede hacerlo el Gobierno? Algo parecido se preguntaba hoy Curri Valenzuela, en el programa Los Desayunos de RTVE. Semejante atrocidad demuestra, además de cuán bajo puede caer un servicio público, el escaso nivel de alfabetización digital que afecta a muchas figuras de nuestro panorama político y mediático.

Qué decir, también, de esa micromanifestación de líderes, incluyendo siniestros enemigos de la libertad de expresión en sus respectivos países, dándose un paseillo por París (bien alejados del pueblo, que es peligroso y huele mal). No ha tardado toda esa tropa en hacerse un George Bush y aprovechar la muerte de los humoristas gráficos de Charlie Hebdo para anunciar otro gran recorte de nuestras libertades.

David Cameron, mutado en Vladimir Putin del Reino Unido, ha sugerido prohibir el uso de las herramientas seguras de comunicación a las que el Gobierno Británico no pueda acceder por una puerta de atrás, creada ex profeso para las autoridades. De hacerse efectiva semejante ocurrencia, los ingleses volverán al pleistoceno tecnológico y hundirán su industria del software.

Desde Bruselas se plantea restringir aún más la libertad de movimientos y los flujos migratorios, algo que a buen seguro satisfará las ansias de Jorge Fernández Díaz, ministro del Interior y autor intelectual del ‘rechazo en frontera’, que el resto de seres humanos definimos como ‘devolución en caliente’. Esta tarde, los representantes del turno de partidos hablarán de nuestros derechos y qué recortes han de ejercerse sobre ellos, todo en pos de la seguridad.

Pasarán más de mil años y seguiremos con la misma canción: sacrifique usted un poco de su libertad y así el Estado podrá mantenerle a salvo. La excusa favorita del malvado. Los terroristas, mientras tanto, están de fiesta mayor; vierten sangre para convertir a los Estados en ogros y poner nuestros derechos civiles de rodillas.

Pues bien, yo me niego. Me repugna el uso de la violencia en todas sus formas, para conseguir cualesquiera que sean los fines. Pero no rendiré mis derechos por una falsa promesa de mayor seguridad. No confirmaré a los terroristas que matar funciona. No les entregaré mi libertad.

Imagen: Flickr | Andy Roberts

Un partido impenitente

Cuando el Partido Socialista -con mayoría, recuerden- y el PP se pusieron de acuerdo para modificar la Constitución de forma exprés, al calor del veranito y sin consultar a los ciudadanos, tuvieron el gran empacho de decirnos que dicha modificación podía hacerse sin necesidad de referéndum, sumando el insulto amparado en la ley a la ofensa amparada en el miedo a la Suprema Canciller.

Muchos ciudadanos dijimos que era un error. Que, en última instancia, queríamos votar. Pero nuestras plegarias no fueron escuchadas, y así fue cómo el Congreso aplastó al pueblo que había jurado proteger. Cómo se ofendían los parlamentarios cuando sacábamos el tema. Cuánto silencio hasta que la sangría de votos fue ya insoportable.

La prioridad del pago de la deuda fue la reforma en la que se escudó el Partido Popular para iniciar su oleada de recortes. El Partido Socialista, que había prometido defender los derechos de los trabajadores, de una clase media ahora cautiva y desarmada; ése mismo partido fue el que nos arrojó a los brazos del austericidio.

Es muy fácil hacer brindis al sol desde la comodidad de la oposición, sobre todo cuando el rodillo del PP bloqueará cualquier medida. A pesar de ello, parece que tampoco en esos mimbres -o sillones- pueden los diputados socialistas reconocer un error que hasta sus propias bases imploraban subsanar.

Pedro Sánchez no rectificará lo que votó; intentará salvar los muebles de una reforma que ha sido una traición a votantes y ciudadanos, amen de una brutal perdida de soberanía que convierte cualquier mención a Venezuela en un mal chiste. Soy consciente de que éstas palabras duelen. Pero más duele perder casa, asistencia médica o bienestar porque, un buen día, importó mas el dictado de Alemania que millones de personas sumidas en la desesperación. No lo digo yo, ahí figura en nuestra Constitución; negro sobre blanco.

Existe la posibilidad de que tan solo nos estén preparando para el próximo nivel: El Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión, una negociación opaca cuyas consecuencias serán la limitación de los derechos de representación colectiva de los trabajadores, la bajada de salarios y la privatización de los servicios públicos, está en camino. Dicho acuerdo no será sometido a consulta y será difícilmente reversible. El PSOE ha dicho que dará su apoyo explícito al mismo. El partido impenitente ataca de nuevo.