Defender la transgresión

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Imagen: Wikipedia

No me tengo por el mayor detractor de lo políticamente correcto. Con frecuencia, suelo defender que incluso en la más bella destrucción de los valores hay líneas que no siempre conviene cruzar.

Sin embargo, no me pude sustraer del pensamiento que, como un ladrón en la noche, me asaltó ante la noticia de la detención de un par de titiriteros que estaban desarrollando un espectáculo para adultos. “Esto ya lo he visto antes”, pensé. Tenía razón; 15 años de consunción conspicua de material televisivo, literario y cinematográfico sobre la distopía me habían preparado para encajar el caso. Aun así, por primera vez, tuve miedo.

Miedo por una actuación desmedida. Por unos argumentos para el encarcelamiento que rozan lo siniestro. Por unos periodistas a los que, a veces, la valentía solo se les supone. Por otros periodistas cuya valentía se esconde en los faldones bajo los que se cobijan. ¿Cuántas monedas vale el alma de quien rebusca en esta historia para remover más cieno? Asisto con estupor a la creación de un nuevo delito: el maleante intelectual.

Fue la biógrafa de Voltaire, Evelyn Beatrice Hall, y no el propio ilustrado, quien escribió la línea que pasaría a la historia: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. El argumento, aunque hermoso, no siempre es fácil. Defender la transgesión no es asunto de cobardes y débiles de espíritu. En ocasiones, me pregunto cuántas veces habré escrito yo su antítesis.

Sea como fuere,  me duele en lo más profundo asistir al encarcelamiento de unos comediantes. Y me duele porque, por primera vez en muchos años, he vuelto a sentir el toque gélido del miedo. Que España despierte antes de sumirse en la pesadilla.

Los políticos que odiaban a (o se aburrían con) los periodistas

Si es usted político, odie a un periodista. Es ‘trendy’, es ‘cool’, está de moda. El periodista suele ser un espécimen ingrato con el político, ya que, desempeñando su oficio con dignidad, se convierte en un antagonista natural. El periodista fiscaliza al político y alerta cuando el político concede prebendas a sus familiares o amigos. El periodista destapa escándalos que meten al político en problemas, en Soto del Real o en Villabona.

Al vicealcalde del Ayuntamiento de Valencia Alfonso Grau le gusta ir a la moda. Por eso organiza ruedas de prensa y pega voces a periodistas: porque le “da la gana”. Verse envuelto en una escandalosa trama de corrupción es algo accesorio. Cómo se le ocurre al pobre periodista, al siervo de la gleba, preguntar más de la cuenta.

No hagan caso de las voces que se alzan, condenatorias, desde el partido político que auspicia a Grau: los cargos políticos odian a los periodistas. Con el mismo odio hirviente que las brujas de Roald Dahl profesaban a los niños.

Cuando el político odia al periodista, se defiende introduciendo sucedáneos, meros amanuenses, cronistas de medio pelo para el sultán de turno. Es labor del buen amanuense agachar la cerviz y hacer caso al político, que para eso sabe de lo que habla. Debido a las óptimas condiciones para su cultivo y desarrollo, muchos amanuenses acaban evolucionando a popes de grandes medios de comunicación. La incubadora siempre mima a sus polluelos.

SI es usted político, abúrrase con un periodista. Es ‘trendy’, es ‘cool’, está de moda. Los periodistas pueden llegar a ser muy pesados. Preguntan sin parar. No hay sopor más grande que el de un portavoz en la rueda del sopor. Acosado sin piedad por mil y una cuestiones que acaban siendo la misma, lo moderno es intentar esquivar todas las balas. Utilizando, claro está, diferentes grados de elegancia.

Al consejero de Presidencia y portavoz del Gobierno Asturiano, Guillermo Martínez, le gusta ir a la moda. Por eso renunció a valorar la participación de la consejera Esther Díaz en la empresa de su marido. Una empresa que, por cierto, ha ejecutado importantes obras públicas para el Gobierno del Principado. Comunicó Martínez que no iba a comunicar nada sobre el tema, lo que resulta curioso para un cargo público cuya responsabilidad es comunicar cosas. Tal es la virtud del escándalo político: convertir en portador de silencio al portador de voz.

Políticos que odian y políticos que se aburren. Cabe preguntarse qué medidas puede tomar el periodista independiente (o en proceso de serlo) para combatir los vicios de unos y otros. Muchas, si trabaja en un medio libre; pocas, si trabaja en un medio esclavo.

En la España del siglo XXI, todos los escenarios de cartón se caen a pedazos. Se intentan rebelar los amanuenses, claman los periodistas desde las redacciones mientras los fenicios que las dirigen visten el blanco delantal del carnicero para apretar un poquito más el recorte de puestos. La transparencia no existe y nuestra libertad de expresión es una farsa. Secuestrada por los políticos, encadenada por vicepresidentas, silenciada por el dinero.

El político odia al periodista. Está de moda. Pero el periodista no odia al político. El político se aburre con el periodista. Está de moda. Pero el periodista lucha para no aburrirse con el político. El periodista busca la injusticia, la denuncia. Lucha por su verdad. El periodismo no es enemigo del poder, pero sí árbitro, vigilante y adversario. Cuando el político se declara en guerra contra el periodista, lo mejor que puede hacer el profesional de la información es encogerse de hombros y seguir avanzando. Seguir luchando, porque los lectores merecen el esfuerzo. Porque la búsqueda de la verdad merece el esfuerzo. Porque la información no es libre, pero debe ser liberada.

Porque no queremos aburrirnos. Porque nos da la gana.

Cuando falla el respeto

El coche

El coche fúnebre que porta el féretro de Isabel Carrasco, ayer en León. Imagen de Azahara Sastre

Muerte en la calle. Así encabezaba un periódico juvenil las referencias estadísticas sobre las muertes generadas por terrorismo y otro tipo de ejecuciones públicas. Tras el cese de la actividad armada de ETA, el asesinato de un alto cargo político en plena calle, frío y sin piedad, ha vuelto a remover la psique colectiva, enfrentándonos a nuestros peores demonios.

Tras la reacción general e inicial, que es el más absoluto horror y la consternación, la mente, el alma y el corazón de cada persona derivan hacia parajes que pueden ser similares o muy diferentes entre sí. Hemos visto reacciones furiosas y comentarios horribles en redes sociales, exactamente las mismas que podríamos encontrar en lugares más íntimos en el mundo real. En conversaciones a calzón quitado. En personas cuya brújula moral no ajuste bien sus prioridades. Negar que tales pensamientos existen es poco más que infantil.

Sin embargo, con frecuencia se olvida mencionar que entre el dicho y el hecho no hay una delgada línea; existe todo un precipicio de consecuencias, preceptos morales, convicciones éticas y educación cívica que, por lo general, impiden que la mayor parte de la ciudadanía abrace la oscuridad. Es por ello que no importa el trasfondo en un crimen como el perpetrado contra Isabel Carrasco. Matar está mal. Es un acto que daña de forma irreparable a la víctima y a su familia, pero también destroza el hogar del agresor, y al agresor mismo. Contra un asesinato no hay recurso ni defensa, a la víctima no le asiste el derecho, no dispone de abogado, agente o juez que puedan socorrerla. Matar está mal, por mucho que Hollywood o la historia de la literatura busquen ejemplos de violencia justa. La violencia no es justa, sólo es violencia.

Pero hay algo casi tan peligroso como la violencia: la insensibilidad, que suele ir de la mano de una profunda y arraigada idiotez. Lo peor no es descubrir que este mundo está lleno de idiotas, eso podemos deducirlo sin necesidad de estudiar teología en París o emprender el viaje de Gulliver. Lo peor es descubrir la idiocia en las declaraciones de quienes son nuestros representantes electos. En las palabras, meditadas y revisadas, de un editorial periodístico. En las declaraciones, preparadas y ensayadas, de cualquier listillo catódico. No solo hablamos de idiocia, hablamos también de ignominia, irresponsabilidad y maldad. Sí, han leído bien: maldad.

Disparen contra el ciudadano

Hubo un tiempo en el que la prensa y el periodismo eran profesiones respetadas en este país. O, por lo menos, hubo un tiempo en el que no habíamos de ingerir calderos de mierda a razón de uno la hora, como en aquel chiste sobre el infierno alemán. Pero ese tiempo ya pasó. Ahora, en la prensa tradicional, el lector ha dejado de ser señor y juez mientras que el periodista se ha tornado en siervo del poder. Y el buen siervo hace lo que el amo mande, lo que el dinero disponga.

Podría dedicar las más bellas metáforas para dirigirme a esos periodistas que lo son cada vez menos, a esos tertulianos inconscientes e insensibles, a esos voceros de su amo que se apresuran a criticar el malestar ciudadano hacia la clase política amparándose en un asesinato que, cada vez más, destila motivos personales. La culpa es tuya, parecen decir, por no estar de acuerdo con el saqueo de tus derechos. La culpa es tuya, parecen decir, por reírte de un poder que te aplasta. La culpa es tuya, parecen decir, por luchar por un mundo más justo. Negro sobre blanco y siempre entre líneas, se acusa al ciudadano de haber cargado el arma. Negro sobre blanco, entre líneas siempre, se dice que el asesinato de Isabel Carrasco tiene más culpables que quien apretó el gatillo. Españoles, he aquí vuestra prensa. He aquí el cuarto poder.

Derecho a duelo

Pienso en la familia de Carrasco. Veo la imagen de su hija, rota por el dolor, saliendo de la Catedral de León. La miro y me pregunto si alguna vez tendrá derecho a duelo, si tendrá que someterse todo el mes a debates absurdos, declaraciones vergonzosas, uso político de su tragedia y diatribas de una prensa sin corazón. Una prensa que ahora publica cosas con la misma animosidad que el borracho fiel del bar vocea todas las tardes sin faltar una.

No me gusta que se violente el derecho a duelo. Me asusta la violencia, de cualquier tipo y condición. Me espanta que en este país la prensa no sepa estar a la altura de las circunstancias. Y, por encima de todo, me aterroriza los que hablan del ‘clima’, como si un derramamiento de sangre mereciera figurar en un parte meteorológico. Tengamos, por favor, más cuidado y respeto. De lo contrario, tal vez los siguientes en empuñar las armas sean aquellos que tan largo tiempo han callado y esperado por algún idiota, como esos que leemos todos los días a la hora del desayuno. Mejor no ser idiotas. Mejor no dar pie a la ignominia. Cuando falla el respeto, nada bueno permanece.

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El periodismo y las puertas de marfil

Cascada

Pregunten por la oportunidad de estos festejos y recibirán, en el mejor de los casos, un airado griterío. No es para menos, dado que el funesto año que termina se deja en la cuneta salud, empleo y buen humor de muchos.

Pero el asueto es necesario. Verbigracia, hoy es uno de los pocos días del año en el que casi todos los periodistas quedan a reposo. Las rotativas callan, la carga digital se reduce. El periodista se reúne con su familia y la política desaparece del mapa. Jornada silente, plenitud sagrada.

Acaba 2013. Otro año que nos falla mientras las apisonadoras de la realpolitik nos dejan sin casa, sin techo y sin calefacción. Los gobernantes han trocado el consentimiento de los gobernados en esclavitud y mansedumbre. Mientras el Estado del Bienestar fenece de hambre y el salario social se retuerce en estertores desde una hoja de Excel, quienes elegimos para representarnos se encogen de hombros y culpan a Madrid, a Bruselas, al déficit. A cualquier persona o cosa ajena a ellos mismos.

Entre un embravecido mar de miasma, el periodista busca el salvavidas, flotador o madero que le permita llegar a la playa. Cada boqueada tiene el amargor de los despidos, el terror de la censura, el grito enmudecido de una carrera destrozada al servicio de un mercader despiadado, un comisario político o cualquier otra negra sombra que habite allá en la torre.

Conscientes del poder de la palabra, empresas y gobiernos aprietan la soga al cuello del oficio. Tal vez la red que tantas pestes evoca en los despachos esté quebrando la producción de yugos; pero los ya fabricados duelen como nunca. Que se lo digan a los trabajadores de muchas radiotelevisiones públicas, con el rostro un poco más descolorido con cada reunión del Consejo de turno. Sean fuertes y sobrevivan hasta llegar a la playa; allí les aguarda su libertad.

El látigo no entiende de festivos, eso ya lo sabemos. Sin embargo, la imaginación es capaz de remontar el vuelo, siempre libre. Por eso, imagino un mundo que contenga en este día, en este instante, todas las bendiciones para el gremio.

En ese mundo, mis compañeros de oficio tienen tregua. Sudada hasta la última gota de sangre para el número doble y el congelado de turno, todos cruzan las puertas de marfil. Detrás de ellas aguarda la plenitud de la ausencia; un sueño sin pesadillas, un descanso sin zumbidos. Los teléfonos solo reciben llamadas de familia y amigos, mientras que el buzón sólo recibe tarjetas navideñas. Los políticos no mienten; de hecho, ni siquiera hablan. No amenaza el poderoso, no grita el censor. No se cuelga el editor de texto.

En Nochebuena y Nochevieja sueño que los periodistas descansan. Y deseo, como Els Comediants en aquellos versos que daban inicio a La Noche, que el canto del gallo no quiebre la quietud de este retazo de eternidad.

Imagen: Flickr | Ian Sane

Democracia: reservado el derecho de admisión

Stop

Desde la Secretaría de Estado de Comunicación, empecinados en su trayetoria evolutiva hacia un híbrido entre guardia pretoriana y cancerberos de discoteca, han decidido dinamitar uno de los pocos espacios que les quedaban a los amanuenses -anteriormente conocidos como periodistas- para pedir respuesta y explicación al dueño del local, Mariano Rajoy. A partir de ahora, la dedocracia elegirá los medios que han de preguntar en una rueda de prensa internacional.

En protesta por tamaño insulto a la libertad de información, los allí presentes levantaron la mano al final de la rueda de prensa que ofreció junto a Van Rompuy. El Gobierno debe estar aterrado.

Afortunadamente, el ABC de la realidad alternativa explica que lo que hacen en La Moncloa es “devolver la libertad de prensa” a las comparecencias de Rajoy. Dado que la noticia no va firmada, me pregunto a qué pobre desgraciado le caería el marrón de redactarla. Un abrazo virtual desde aquí, amigo mío; me hago cargo de tu sufrimiento.

Ese lance no es de los graves. Si acaso, un montoncito de abono más para la basura que se vierte sobre prensa y esclavos -anteriormente conocidos como clase media-. No se quejen ni formen grupos, que Seguridad Manolito ya está entrenando a sus Madelman, engrasadas y a punto las filas paramilitares que el Gobierno santificará con la nueva Ley de Seguridad Privada. Los feligreses podemos estar tranquilos; llega la Navidad y habrá hostias para todos.

Son ejemplos de una democracia parlamentaria que evoluciona hacia una democracia con derecho de admisión. Retornamos a la sociedad estamental, en la que sangre y dinero bastan para servir la cabeza de los desposeídos. En la que un puñado de ciudadanos valientes son detenidos por reclamar el derecho a una vivienda digna.

Una sociedad cuyas élites visten de negro. Según los correos de Blesa que viene desgranando Eldiario.es, los consejeros de Caja Madrid poseían unas tarjetas “black a efectos fiscales”, que les permitían disfrutar de hasta 50.000 euros al año sin facturas de por medio. El negro, como ausencia de color, no entiende de ideologías. Buen ejemplo de ello son los representantes de CCOO, Bedia y Baquero y el del PSOE, Antonio Romero, que, según el citado medio, serían los más favorecidos con estas tarjetas.

El lector podría tener la tentación de recordar el final de Rebelión en la Granja, donde era imposible distinguir al humano del porcino. Nada más lejos de la realidad, pues sólo nosotros somos capaces de tanta enjundia mientras observamos, impasibles, cómo nuestros congéneres se encaminan hacia el hambre, el frío y la muerte.

Cuando la democracia agoniza en un mar de corrupción, sólo nuestra voluntad podrá parar el proceso. El ciudadano deberá elegir con mucho cuidado su voto en los comicios que se avecinan. De lo contrario, pronto no quedará ni la urna cada cuatro años. Vote, antes de que todo acabe. Vote, antes de que el portero tache su nombre en la lista de la discoteca.

Imagen: Flickr | Frédéric Bisson

Michael Haneke: violencia que dé asco y no espectáculo

Cuenta Michael Haneke que su abuela le preguntó un día si no podía hacer una comedia. “¿Una comedia? No creo, no se pueden pedir peras al olmo”. De hecho, al premio Príncipe de Asturias de las Artes, le suelen colgar una etiqueta: la violencia. Pero, ¿cuántas maneras hay de tratar la violencia en el cine? La de Haneke es clara: “dar asco a los espectadores”. Él considera que en el cine “la violencia se presenta como algo atractivo” y eso le parece “peligroso”. Por eso prefiere “presentarlo de forma fría y distante”, en lugar de convertirlo en “un artículo de consumo de masas”.

Michael Haneke durante la rueda de prensa. Fotografía de Pablo Gómez.

“Hay cosas que me cabrean o que me entristecen y ahí es donde voy con mis películas”. Es su leitmotiv. Tampoco haría cine de acción: “no quiero decir que no deba existir, pero me parece que es una especie de atontamiento general del público”.

Si le llaman provocador, él responde que sólo pretende “describir la realidad un poco más allá de la superficie” y si alguien le pega “etiquetas en la frente”, lo achaca “al oficio de los periodistas”.

“Soy alguien que va poco al cine”

Reconoce Haneke que va “poco al cine”. Curioso. Del nuestro conoce algo de Almodovar. Sobre el futuro de la industria se niega a ser profeta: “no sé qué va a ocurrir con el cine en diez o veinte años, claro está que con internet, los cines están muriendo”, aunque puntualiza que “no morirán del todo porque la gente quiere sentir esa sensación de estar compartiendo una película”.

El director, que comenzó su carrera cinematográfica a los 46 años, cuenta que para su última película, ‘Amour’, se basó en una historia que “sucedió en su familia” y que, aunque no se ciñó a la realidad, fue algo que le incitó a hacerse preguntas y a reflexionar sobre el tema.

Y si le preguntan qué va a hacer en el futuro, se muestra reticente: “no quisiera decir demasiado porque en el pasado he anunciado proyectos y durante el trabajo cambiaba de idea y lo que había anunciado lo tenía que desmentir”.

“No tenía conocimiento de estos premios”

Durante la rueda de prensa que hoy ofreció en el hotel de La Reconquista, el director confesó que “no tenía conocimiento de estos premios” hasta que se le propuso, aunque sí dijo estar “muy contento” por haber obtenido el galardón y por “haber tenido la suerte de conocer el casco antiguo de Oviedo, el prerrománico, y haber comido al sol de Asturias”.